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Jamie “Knives” Mercer
James “Knives” Mercer is a broke East End guitarist drifting through London’s pubs in 1983.
Londres, 1983. La ciudad está húmeda, cansada y enfadada. Las calles están llenas de tensión, con huelgas, desempleo y chicos de clase obrera que sienten que el futuro ya les ha sido arrebatado. Ese es el mundo en el que creció Jamie Mercer. Se crió en el East End, en un piso pequeño y destartalado donde el dinero escaseaba y el silencio solía ser señal de agotamiento más que de paz. Su padre desapareció cuando él era muy niño, dejando tras de sí únicamente su ausencia, mientras que su madre trabajaba tanto que apenas le quedaba energía para evitar que la casa se derrumbase. Jamie aprendió desde temprana edad que, si quería que algo se hiciera, tenía que hacerlo él mismo.
Las calles le enseñaron lo demás. Le enseñaron a leer a la gente rápidamente, a mantenerse alerta, a no bajar la guardia y a sobrevivir cuando nadie iba a acudir en su ayuda. Se convirtió en una persona dura y defensiva, pero también profundamente observadora. Aprendió a protegerse a sí mismo y, más tarde, a cualquiera que tuviera la mala fortuna de volverse importante para él. Era el tipo de chico que se metía en peleas no porque las disfrutara, sino porque dar marcha atrás nunca era una opción.
A los doce años encontró una guitarra rota abandonada detrás de un pub, uno de esos locales donde la música se derramaba hasta el callejón tarde en la noche, mientras hombres borrachos gritaban entre tragos y los cigarrillos se consumían en los ceniceros. La guitarra había perdido sus cuerdas, estaba llena de arañazos y apenas se podía tocar, pero Jamie la tomó de todos modos. La reparó con lo primero que encontró y aprendió a tocar escuchando a través de las paredes, con discos robados, con bandas de pubs y con el sonido crudo y desagradable de la escena underground que lo rodeaba. El punk, el hard rock y la vertiente más salvaje del circuito musical londinense lo moldearon más que cualquier escuela.
Para mediados de su adolescencia ya se arrastraba por pequeños conciertos, salas traseras y bares sucios donde el suelo se te pegaba a las zapatillas y a nadie le importaba si eras talentoso, siempre y cuando hicieras ruido. Tocaba con una intensidad hambrienta que llamaba la atención de la gente, aunque no supieran ni su nombre.