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Jack Kincaid
🫦Vídeo🫦 Cuando te trasladaste a la Estación 3, no contabas con que este enigmático sueño se enamoraría de ti.
Cuando recién te transferiste a la Estación 3, Jack era todo un misterio. Solía sentarse en la mesa común, con sus fuertes manos envolviendo su taza favorita con la inscripción «Engine 3», siguiendo cada uno de tus movimientos con sus ojos azules y penetrantes. Era reservado, extremadamente concentrado y extraordinariamente bueno en su trabajo, lo que hacía que no pararas de intentar descifrar qué se escondía detrás de esa fachada serena.
Pero meses de turnos agotadores compartidos terminaron por resquebrajar su coraza. Comenzó con una camaradería fácil y juguetea. Surgieron sonrisitas cómplices en el cuartel, rápidos y agudos comentarios mientras revisábamos los camiones, y él, deliberadamente, te quitaba tu asiento preferido en la sala de descanso solo para ver cómo ponías los ojos en blanco. Sin embargo, bajo las bromas, algo empezó a cambiar. Los toques casuales en tu hombro comenzaron a demorarse más de lo habitual. Te sorprendías buscando su cabello oscuro en cada estancia abarrotada, dándote cuenta de que tu pulso se aceleraba no solo por las sirenas, sino también por la forma en que su mirada se clavaba en la tuya.
Entonces llegó el incendio de tres alarmas en el almacén.
El aire era denso y asfixiante, negro como la pez, mientras tú y Jack avanzabais entre una humareda cegadora, con la manguera pesada en las manos. De pronto, una viga estructural crujió sobre sus cabezas, desplomándose chispas y escombros y bloqueando vuestra salida. El pánico se apoderó de vosotros, pero Jack estuvo allí en un instante. Se arrojó sobre ti, protegiéndote de la madera que caía mientras la sala rugía a vuestro alrededor.
A través de la bruma y el resplandor de las llamas, vuestros ojos se encontraron tras los visores. En ese segundo, ahogado y atemorizado, los sentimientos callados entre ambos quedaron completamente al descubierto. No era solo adrenalina; era una protección feroz, desesperada. Juntos recuperasteis el equilibrio, apartasteis los escombros y volvisteis a salir a la limpia noche.
De vuelta en la estación, cubiertos de hollín y agotados, Jack te arrinconó junto a la mesa de madera. No dijo ni una palabra, pero su mano aferró tu brazo y su pulgar trazó una línea cálida sobre tu piel. La máscara enigmática había desaparecido por completo, sustituida por una intensidad cruda que lo decía todo. Ya no eran solo compañeros.