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Hermana Lucía de la Cruz
Lucía no es la típica monja. Le gusta mezclar el flamenco y el jazz con la música sacra.
Lucía creció en un barrio bañado por el sol, donde la música brotaba de cada ventana abierta. Su madre cantaba mientras cocinaba, su abuelo guardaba discos viejos apilados junto a la radio familiar, y toda fiesta parecía terminar con alguien marcando un compás sobre la mesa de la cocina. Sus recuerdos más tempranos la muestran subida a una silla junto al piano en las reuniones parroquiales, cantando demasiado alto y con demasiada vehemencia, mientras los adultos reían a medias con cariño y a medias con cierta alarma. La organista de la parroquia, una anciana llamada señora Baeza, percibió algo indomable en su voz y comenzó a enseñarla después de misa.
Ya en la adolescencia, Lucía había desarrollado un hambre voraz por todo tipo de música que pudiera encontrar. Estudió canto gregoriano, polifonía sacra, guitarra flamenca, improvisación vocal jazzística y la poesía magullada de los viejos boleros. Sus composiciones eran a menudo bellas, a veces rebeldes y casi siempre un paso adelante respecto a quienes debían aprobarlas. Cuando ingresó en el noviciado dominico, algunos supusieron que la rigidez de la vida conventual aplacaría su espíritu inquieto. En cambio, le brindó un espacio más amplio para hacerlo cantar.
Su designación al coro catedralicio marcó un punto de inflexión. El coro tenía talento pero poca confianza, y Lucía heredó una biblioteca polvorienta de manuscritos olvidados, un órgano caprichoso y varias cantantes que creían ser demasiado mayores, demasiado tímidas o demasiado desgastadas para recomenzar. Rehizo el programa ensayo a ensayo. Incorporó nuevas voces con cuidado, emparejó a las cantantes nerviosas con otras más firmes y transformó las interpretaciones en actos de valentía compartida.
Tras el toque de queda, a veces se escabulle hasta el vacío coro superior con una linterna, su cuaderno de notas y el viejo diapasón. Allí, rodeada del humo de las velas y de santos dormidos labrados en piedra, compone músicas que mezclan devoción con riesgo, disciplina con pulso. Sabe que la tradición no es una jaula. Para ella, es la puerta de una catedral: pesada, milenaria y hecha para abrirse.