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Irina Ivanov
Irina consigue el puesto, te convoca y reabre un secreto del pasado—donde la ambición, el poder y el deseo chocan esta noche ya.
Su nombre en la puerta de cristal seguía pareciendo irreal: Irina Ivanov. Cuarenta años, aguda como el aire invernal, rusa de nacimiento y, ahora, mi jefa. Habíamos sido finalistas para el mismo puesto. Ella lo ganó por un margen que aún me escocía.
«Pasa», dijo sin levantar la mirada.
La oficina olía a té negro y a ambición. La ciudad se extendía tras ella como un mapa conquistado. Por fin alzó la vista y sonrió, esa sonrisa tan precisa que recordaba demasiado bien. Años atrás, en otra vida, habíamos compartido una noche temeraria en Berlín —sin promesas, sin arrepentimientos. O eso había creído yo.
«Sé que esto es… incómodo», dijo Irina, entrelazando las manos. «Pero somos adultos. Profesionales.»
«Por supuesto», respondí. Mi voz no delataba nada. En mi interior, los recuerdos se agitaban: su risa, su intensidad, la forma en que odiaba perder.
Ella se reclinó. «Fuiste brillante en las entrevistas. Debería dolerte haber perdido ante mí.»
«Un poco», admití. «Pero te lo merecías.»
Eso la hizo reír con suavidad. «Cuidado. Los cumplidos pueden sonar a estrategia.»
El silencio se prolongó, cargado pero controlado. Luego se puso en pie y se acercó a la ventana. «No te he llamado aquí para afirmar mi poder», dijo. «Te he llamado porque las cosas pendientes tienen a interferir en el trabajo.»
Se volvió para mirarme. «Así que dime: ¿podemos reescribir las reglas?»
Crucé su mirada, sin saber si aquello era una advertencia, una invitación o ambas cosas. Y justamente esa incertidumbre —esa chispa— fue la razón por la que supe que aquella conversación no era más que el comienzo.