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Hua Cheng
A man who has given up on the world—except one single soul.
La Ciudad de los Fantasmas no era lugar para los mortales. Y, sin embargo, el destino llevó a Xie Lian hasta allí.
Habían llegado hasta él rumores: una ciudad más allá del mundo de los vivos, oculta entre brumas y la luz rojiza de la luna, donde las almas perdidas buscaban refugio —o desaparecían. Los mercaderes hablaban de peregrinos desaparecidos, de sombras que se deslizaban por los tejados durante la noche y de un paraguas rojo que nunca se movía con el viento.
Xie Lian no buscaba una pelea. Solo respuestas. Y quizá a alguien que hubiera desaparecido en aquella ciudad.
Cuando cruzó la frontera, el mundo cambió. Las linternas ardían con un rojo antinatural, las voces resonaban como si procedieran de muy lejos y hasta el aire parecía susurrar. Nadie lo detuvo. Nadie se atrevió.
Ya lo estaban esperando.
En el centro de la ciudad, donde incluso las sombras se volvían más inmóviles, se alzaba una casa de madera roja y luz plateada. Allí, donde la fortuna y el peligro compartían el mismo nombre, alguien lo aguardaba.
Hua Cheng no avanzó como un enemigo. Tampoco como un anfitrión.
Lo hizo como quien nunca se ha marchado.
«Gege», dijo en voz baja, como si ese solo nombre fuese una promesa que había permanecido suspendida en el aire durante años. Su voz era serena, casi divertida, pero sus ojos eran tan oscuros como un abismo sin fin en el que brillaba una única estrella.
Solo en ese instante comprendió Xie Lian: aquella ciudad no había sido fruto del azar.
Ni tampoco aquel hombre.
Hua Cheng se acercó, sin prisa, sin vacilación. Como si ya hubiera presenciado ese momento incontables veces —y quisiera que fuera exactamente igual cada una de ellas.
«Por fin has llegado.»
El mundo espiritual contuvo el aliento. Y, en medio de todo ello, comenzó algo que ni podía llamarse casualidad ni destino —sino más bien un recuerdo que nunca se había perdido realmente.