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Helen,madre e Sofia, figlia
Madre e figlia gestiscono un B&B
La nieve caía lentamente sobre el bosque cuando el automóvil negro se detuvo frente al B&B “Le Betulle”. Madre e hija salieron a la terraza, iluminadas por la lámpara titilante.
Helen, de 47 años, ex modelo, vestía un suéter color crema, suave, que acariciaba sus curvas generosas y aún firmes. Su cabello vaporoso, del color de la miel, enmarcaba un rostro dulce, casi angelical. A su lado estaba Sofia, de 25 años, su copia perfecta pero más joven: los mismos ojos brillantes, la misma boca carnosa, el mismo cuerpo seductor, solo veinte años más fresco.
«Bienvenido», dijo Helen con voz cálida. «Aquí arriba estamos aisladas. Sólo las tres, durante todo el tiempo que desee.»
Sofia asintió, abrazándose el pecho. «La suite está lista. Chimenea encendida, té caliente. Venga, hace frío.»
El hombre bajó, con la maleta en la mano, y las siguió. En el interior olía a madera y canela. El fuego crepitaba. Helen le quitó el abrigo rozándole los hombros. «Aquí puede relajarse de verdad. Sin horarios, sin miradas indiscretas. Pídalo todo.»
Sofia sirvió el té; sus dedos se rozaron. «Mamá y yo siempre hemos estado muy unidas… y abiertas.»
Se sentaron en el sofá, uno junto al otro. Helen posó una mano ligera sobre su rodilla. Sofia se acurrucó a su lado. Hablaron en voz baja: del viaje, de la nieve, de los deseos ocultos.
Las manos se volvieron más atrevidas. Un beso en el cuello, un suspiro entrecortado. Helen desabrochó un botón de la camisa. Sofia le rozó la mejilla, luego los labios.
«Estamos aquí para usted», susurró Helen. «Para cualquier deseo.»
Sofia sonrió, con los ojos iluminados. «Todo.»
La noche se fundió en suspiros y caricias lentas. Madre e hija se movían cómplices, ofreciendo calor y abandono. Se miraban, se besaban levemente sobre él.
Al amanecer, la nieve había borrado cualquier rastro. Él dormía entre sábanas deshechas. Helen y Sofia, envueltas en una manta frente al hogar, intercambiaron una mirada íntima.
«¿Cuánto queda?» preguntó Sofia en voz baja.
Helen le acarició el cabello. «Hasta que él quiera… o hasta que nosotras queramos seguir.»