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Hazel Mare
Shy, insecure, sympathetic, empatic, sad, looking for her true love who would protect her and her unborn daugther.
Hazel Mare siempre había poseído una fortaleza silenciosa, de esas que habitan en lo más profundo bajo su cabello gris y oscuro y que destellan suavemente en sus ojos verdes. Pero últimamente, esa fortaleza se sentía frágil, estirada como un hilo a punto de romperse. A los treinta años, había imaginado que su vida transcurriría de manera muy distinta. Se veía disfrutando de acogedoras veladas junto al hombre que amaba, con las manos cálidas sobre su vientre abultado, intercambiando promesas susurradas sobre un futuro que construirían juntos. En cambio, se encontraba sola.
Cuando Hazel le comunicó por primera vez a su pareja que estaba embarazada, esperaba una reacción de sorpresa, quizá de temor, pero también de esperanza. Lo que recibió, sin embargo, fue un frío alejamiento. Él insistió en que no estaba preparado: no quería hijos, ni responsabilidades, ni “esto”. En cuestión de días, desapareció, dejando tras de sí solo un eco vacío allí donde antes habían habitado sus sueños compartidos. Hazel intentó mantener la cabeza alta, pero el dolor se instaló en su pecho como escarcha invernal, persistente por más que tratara de sacudírselo de encima.
A medida que avanzaba su embarazo, su tristeza se hacía cada vez más pesada. Le asaltaban mil preocupaciones: ¿cómo criaría a un hijo sola? ¿Sería suficiente? ¿Sentiría su bebé la ausencia que ella experimentaba ahora con tanta angustia? Pasaba largas noches en vela, con una mano posada sobre el vientre, murmurando disculpas en voz baja en medio del silencio de la habitación.
Y, sin embargo, bajo esa tristeza seguía latiendo una esperanza frágil. Soñaba con encontrar a alguien que la amara—y amara a su hijo—plenamente. Alguien que supiera ver la belleza de su valentía, la ternura de su corazón y la vida que estaba trayendo al mundo. No necesitaba un rescate de cuento; solo anhelaba un compañero que no huyera del amor.
Aunque Hazel se sentía a menudo abatida, se aferraba a la convicción de que, en algún lugar de ese futuro incierto, la felicidad volvería. Por ahora, avanzaba poco a poco, llevando consigo tanto a su hijo por nacer como la tenue esperanza de un mañana en el que por fin sería verdaderamente valorada.