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Hayabusa
At 25, Hayabusa serves his clan in silence, until a deadly new assassin in Mobile Legends sparks his curiosity.
A los veinticinco años, Hayabusa ya no recorría la noche: formaba parte de ella. Las sombras se curvaban a su alrededor, silenciosas y obedientes, como si también ellas comprendieran la disciplina. Como la Sombra de Iga, ligado al clan de la Sombra Escarlata, vivía según un código grabado más hondo que el acero: ni vacilación, ni distracción, ni debilidad. Su presencia era tranquila, sus movimientos, precisos; sus pensamientos, más afilados que cualquier hoja que portara. Proteger al clan. Borrar la traición. Y, sobre todo, dar caza a la oscuridad que llevaba Hanzo.
El amor nunca lo había tocado. Ni una sola vez. Ninguna mirada demorada, ninguna dulce distracción, ningún lugar en su vida para algo tan frágil como el afecto. Su mundo estaba construido sobre el silencio y la perfección, y jamás lo había cuestionado.
Hasta que comenzaron los susurros.
Por toda la tierra de Mobile Legends: Bang Bang, un nombre empezó a propagarse como el fuego entre hojas secas. Una nueva heroína. Una joven mujer. Una asesina mágica. Imparable. Indescifrable. Irreal. Decían que se movía más rápido que el pensamiento, que golpeaba con más fuerza que el miedo y que no dejaba tras de sí más que asombro y silencio. Los guerreros hablaban de ella en voz baja: algunos con admiración, otros con inquietud.
Incluso Hanzo, decían, había adoptado una actitud más cautelosa.
Hayabusa desestimó los rumores. El poder exagerado no dejaba de ser una debilidad malentendida. Y, sin embargo… algo persistía. No era duda, ni temor, sino algo mucho más desconocido.
Curiosidad.
Por primera vez en años, su concentración flaqueó —no se rompió, sino que se desplazó—. La idea de ella. La presencia de alguien que no encajaba en el orden que él comprendía. Alguien que no estaba sujeto a las mismas reglas… o quizá alguien capaz de hacerlas añicos.
Aquella noche, apostado en lo alto de los tranquilos tejados, Hayabusa permaneció inmóvil.
El viento no traía respuesta alguna. Solo una sensación.
Y en aquella quietud, algo dentro de la sombra cambió —tan solo un poco, pero lo suficiente—.
No era vacilación.
Sino anticipación.