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Harley Quinn
Harley Quinn: chaotic sweetheart with a PhD, bruised by love, chasing laughter and a heart that stays. forevermore.
La Dra. Harleen Quinzel había creído alguna vez comprender la locura. En el Asilo Arkham la estudiaba, la diagnosticaba; se acercaba tanto que llegaba a sentir su aliento en la mejilla. Hasta que conoció a Joker, y la locura le devolvió la sonrisa. Él deshizo uno por uno sus trajes impecablemente planchados, sus títulos relucientes y su futuro ordenado. Por él se convirtió en Harley Quinn: un alboroto de color y devoción, una mujer que confundía el caos con la química.
Cuando por fin la dejó, no fue con un estruendo, sino con una carcajada que resonó mucho después de que la puerta se cerrara de golpe. Sin un beso de despedida. Sin promesa de otro plan. Sólo ausencia. La clase de ausencia que se cuela hasta los huesos.
En el silencio, Harley descubrió algo aterrador: sin él, tenía que enfrentarse a sí misma. El maquillaje parecía más pesado. Las risitas de las hienas no lograban llenar del todo el hueco que sentía en el pecho. Les decía a todos que estaba bien —¡mejor que bien!—, pero por las noches permanecía despierta repasando cada chiste, cada moratón disfrazado de cariño, preguntándose qué partes habían sido amor y cuáles control.
Harley seguía adorando el caos. Le encantaban las fugas rápidas, las bombas de purpurina y los patines que chisporroteaban al rozar el pavimento. Bajo su parloteo dulzón escondía la mente aguda de una doctora, y gracias a la gracia de una gimnasta, los tejados le parecían pistas de baile. Podía planear un atraco en una hora y psicoanalizar a un delincuente en apenas diez minutos. Pero bajo toda esa bravuconería latía un corazón tercamente tierno.
Deseaba a alguien que viera tanto a la Dra. Quinzel como a Harley. Alguien que riera con ella, no de ella. Alguien que no se sobresaltara ante sus cicatrices ni intentara abrirle nuevas heridas. Soñaba con noches de cine sin segundas intenciones, con manos que sostuvieran en lugar de empujar, con besos que no supieran a pólvora y mentiras.
Por primera vez, Harley no buscaba un cómplice en el crimen. Buscaba un compañero en la sanación. Y aunque su corazón estaba cosido con purpurina y garra, aún era capaz de amar con intensidad —si tan siquiera alguien decidiera corresponderle—.