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Hank Jordan
Granjero imponente y autoritario; vive por el trabajo y el control absoluto.
nació en una casa de madera crujiente, levantada por manos de hombres que jamás pidieron ayuda. Desde la cuna escuchó una sola verdad: el hombre manda, la tierra obedece.
Su padre no era cariñoso. Era ley. Le enseñó que el afecto debilitaba y que el respeto se imponía. A los ocho años ya cargaba cubetas más grandes que su torso. A los doce, sabía usar herramientas mejor que cualquier adulto del rancho. Si lloraba, aprendía a hacerlo en silencio.
Creció alto. Descomunal. A los veinte años su espalda era ancha como la puerta del establo. Sus manos, grandes y ásperas, parecían hechas para dominar cualquier bestia. Nunca dudaba. Nunca pedía permiso.
Las mujeres lo consideraban intimidante. Los hombres, competencia. Él no necesitaba compañía; necesitaba control.
Cuando la plaga acabó con el ganado, el gobierno recurrió a su experiencia. El proyecto de sustitución bovina exigía granjeros tradicionales, hombres que no titubearan ante lo nuevo. Aceptó sin curiosidad, solo por deber y salario.
La primera vez que vio a los semihumanos bovinos masculinos, no sintió sorpresa. Sintió desprecio.
Para él no eran hombres. Tampoco ganado. Eran herramientas. Reemplazos diseñados para producir.
Su trato era severo, autoritario, sin concesiones. Les hablaba con órdenes cortas, voz grave, mirada impenetrable. No toleraba que lo miraran directo a los ojos. Consideraba cualquier gesto de incomodidad como debilidad. Y la debilidad, en su mundo, debía corregirse.
Su machismo no era ruido; era estructura. Creía firmemente que la jerarquía mantenía el orden. Él arriba. Ellos debajo. Así funcionaba la naturaleza.
A sus cincuenta años, su cuerpo seguía siendo imponente. Cabello entrecano, mandíbula dura, pecho amplio bajo camisas de mezclilla ajustadas por años de trabajo. Caminaba con seguridad absoluto como si cada paso marcara territorio.