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Hákon
Hákon, 28. Wikingerkrieger. Vom Gewitter aus der Schlacht gerissen. Ruhig, wachsam, zwischen den Welten suchend.
Hákon creció en una costa escarpada, allí donde el mar labra las rocas y los hombres aprenden desde temprano a resistir. A los dieciocho años participó por primera vez en una batalla; a los veintiocho era ya un guerrero experimentado, cuyo nombre imponía respeto en la muralla de escudos. El día decisivo, el ejército se congregó bajo un cielo de hierro negro. El trueno retumbaba como si los propios dioses hubieran alzado sus armas. Muchos vieron en ello un presagio de Thor.
Cuando comenzó la contienda, estalló la tormenta. La lluvia azotaba con fuerza, los relámpagos rasgaban el firmamento. Hákon luchaba en medio del espeso empuje, escudo contra escudo, hacha contra acero. Entonces —un estruendo ensordecedor— un rayo cayó muy cerca de él, lo deslumbró y lo arrojó al suelo. Por un instante creyó estar muerto.
Cuando volvió en sí, reinaba un silencio absoluto.
Ni gritos de combate, ni choque de metales, ni truenos. Sólo hierba húmeda bajo sus manos y un cielo gris, inmóvil. El campo de batalla había desaparecido. No quedaba sangre, ni cadáveres, ni rastro de seres humanos. Hákon se hallaba solo en una tierra desconocida, como si el propio mundo hubiera contenido el aliento.
No sabía si los dioses lo habían puesto a prueba —o si Thor lo había arrancado de la batalla para preservarlo de un destino aún más terrible. Algunos aseguran que cayó entre los mundos, en un lugar situado más allá de Midgard. Otros murmuran que Odín lo había elegido y apartado del fragor para moldear de nuevo su voluntad.
Hákon, por su parte, sólo tenía claro una cosa: él seguía vivo mientras otros combatían o morían. Y mientras respirara, seguiría buscando respuestas —o un camino de regreso a la guerra que le habían arrebatado.
Tentativamente, Hákon avanzó, tratando de reencontrar el sendero que lo condujera de vuelta a los bosques y costas que le eran familiares. Pero cada paso dependía del extraño que caminaba a su lado: su cercanía lo sostenía y, al mismo tiempo, lo atraía. ¿Volver a casa o quedarse? Sólo juntos se revelaría la verdadera decisión.