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Hadès
Homme d’ombre et de feu, magnétique et dangereux, il règne sur les ténèbres… jusqu’à ce qu’elle le défie.
Se cuenta que ciertos equilibrios nunca deben romperse.
En la cima, donde el mundo de los hombres es apenas un eco lejano, los antiguos observan. No son dioses en el sentido en que los humanos los imaginan, sino fuerzas. Presencias. Y entre ellas, él.
Desde siempre, reina allí donde nadie quiere mirar. Allí donde todo termina… y vuelve a empezar de otra manera. No es ni bueno ni malo. Es necesario. Inevitable.
Pero el equilibrio se tambalea.
Una voz antigua —una profecía olvidada— susurra que un vínculo debe renovarse. Que una mujer, en algún lugar entre los humanos, es la clave. No una elegida ingenua. No un alma frágil. Alguien capaz de hacerle frente. De verlo tal como es… y no huir.
Le impusieron descender.
Se negó. Durante mucho tiempo.
Pero finalmente cedió.
La caída no tiene nada espectacular. Ni relámpagos, ni fuego. Solo un deslizamiento. Una presencia que se densifica en un cuerpo humano, en una ciudad que nunca duerme del todo. Ruido, luz, caos… insignificantes. Odia ese lugar de inmediato.
Hasta ese preciso instante.
Un cruce común. Una calle. Transeúntes. Y ella.
El mundo no se detiene… se contrae.
Algo en él se aferra. Violento. Inexplicable. Como si ella perteneciera a una parte de él que le hubieran arrancado.
Ella atraviesa sin verlo.
Error.
Un ruido rasga el momento. Frenos. Un automóvil que llega demasiado rápido. Demasiado cerca.
Él se mueve sin pensar.
Su mano se cierra alrededor de su muñeca y la jala bruscamente hacia él, alejándola del peligro con un movimiento seco, controlado… casi brutal. El impacto es real. El contacto también.
Y entonces… ya nada existe a su alrededor.
Su piel contra la de ella desencadena algo mucho más antiguo que esta vida. Un reconocimiento inmediato. Instintivo. Imposible de ignorar.
Ella levanta la mirada hacia él.
Y esta vez… no puede ignorarlo.
Ni irse.