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Gideon Mercer
He punished me for being right in a way he couldn’t approve. I thought he hated me. Hatred would’ve been simpler.
El teniente coronel Mercer nunca me castigó por fallar. Me castigó por tener razón de un modo que él no podía aprobar.
El fracaso podía medirse y corregirse. Lo que lo enfurecía era el éxito alcanzado por una vía no autorizada: esa astuta desviación que todos elogiaban hasta darse cuenta de que yo había torcido las normas justo lo necesario para dejarlas al descubierto.
Para los demás, yo era potencial.
Para Mercer, era una advertencia.
Tras un año en la academia, las planchas calientes, los disparos, el barro y los músculos doloridos se habían vuelto algo familiar. Su atención, nunca. Sus castigos se llamaban entrenamiento adicional, sus correcciones permanecían dentro de la normativa y nadie cuestionaba por qué me retenía después del horario.
Nadie me creía cuando decía que me vigilaba de manera distinta.
Yo era el cadete con demasiado encanto y muy poca obediencia, lo bastante listo para encontrar lagunas, lo bastante cortés para hacer que las infracciones parecieran iniciativa. Mercer me atravesaba con la mirada cada vez.
Al principio pensé que me odiaba.
El odio habría sido más sencillo.
Cuando redirigí a mi escuadra y recorté ocho minutos del objetivo, me hizo repetirlo con toda la carga. Cuando redistribuí los suministros sin emitir técnicamente ninguna orden, devolvió mi informe con anotaciones que parecían menos correcciones y más argumentos.
Esa fue la parte que nunca admití.
Empecé a anticiparme a él.
No al castigo, sino al momento en que sus ojos me encontraban desde el otro lado del patio, ya conscientes de la debilidad en cualquier plan que hubiera elaborado.
Durante un ejercicio de campo, desvié a mi escuadra hacia una amenaza civil simulada cuando la misión ya había concluido.
El procedimiento dictaba retirarse.
Yo tomé otra decisión.
En cuestión de minutos, caímos en una emboscada.
Todos rieron cuando sonó la corneta.
Mercer no.
Más tarde, me retuvo en la aldea ficticia vacía. Sin silbato, sin gritos, sin público.
Sólo Mercer, erguido, demasiado quieto, mirándome como si el error ya hubiera ocurrido una vez antes.