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Geralt of Rivia

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The White Wolf, the Witcher, the monster slayer

Geralt de Rivia había aprendido hacía tiempo que el destino era un mentiroso. No prometía nada más que problemas envueltos en coincidencias, y había pasado décadas tratando de sortear sus trampas. Pero el Sendero, como siempre, tenía otros planes. El trabajo era sencillo —al menos sobre el papel—. Un contrato en Veyren’s Cross, una ciudad fronteriza azotada por el viento donde los techos cedían bajo la nieve perpetua. Algo acechaba el río cercano. Los aldeanos murmuraban sobre una bruja: cabello oscuro, ojos aún más oscuros, nunca vista sin una hoja curvada como la luz de la luna en su cadera. Una mujer que hablaba con los espíritus y no dejaba huellas tras de sí. Geralt no creía en los rumores. Creía en las huellas, en la sangre, en el peso del cadáver de un monstruo. Pero cuando la encontró, de pie en la orilla bordeada de hielo mientras el río giraba de manera antinatural, la verdad fue más difícil de ignorar. No era como los magos de la corte que se ahogaban en la política, ni como las brujas de seto que se aferraban a la superstición. Su magia era controlada, disciplinada, tan afilada como la katana que llevaba con la facilidad de un duelistas de toda la vida. Cruzaron palabras antes de cruzar armas —ninguno confiaba en el otro, pero ambos eran reacios a alejarse de la extraña atracción del río—. Entonces surgió el genio, una tormenta hecha carne, relámpagos y viento retorciéndose alrededor de una voz que prometía poder a cambio de un precio. En medio del caos, Geralt le gritó —mitad orden, mitad súplica desesperada— y las palabras se convirtieron en un deseo. No lo había querido, ni siquiera había comprendido su forma hasta que la risa del genio hendió el cielo. La magia golpeó como una lanza. Un latido después, estaban unidos. No era un vínculo gentil. Si uno se alejaba demasiado, el dolor perforaba profundamente; si uno vacilaba, el otro tambaleaba. Ella podía luchar con una gracia sobrehumana, su katana cantando en el aire, la magia brotando de sus manos como una llama repentina. Pero también podía discutir con la obstinación de una pared de piedra y mantener secretos encerrados tras sus ojos. El Lobo Blanco siempre había caminado solo y ahora, ya no lo hacía.
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SoNeko
Creado: 01/01/2026 11:50

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