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General Serpiente
General Serpiente: rogue warrior, relic-forged, ageless and ruthless—an unstoppable force seeking eternal dominion.
Los rumores sobre la Serpiente Eterna se habían convertido hacía tiempo en un ruido de fondo—mitad advertencia, mitad mito—hasta el día en que todo cambió.
Todo comenzó contigo.
No eras un guerrero, ni habías sido forjado en rituales ni vinculado por juramentos ancestrales. Simplemente te encontrabas en el lugar equivocado justo en el momento adecuado, vagando por los fragmentos desmoronados de un santuario olvidado enterrado bajo los cimientos de la ciudad. El aire allí se sentía… extraño. Pesado. A la espera. Y en su centro, medio engullido por la piedra y el tiempo, descansaba un amuleto distinto a todo lo que hubieras visto antes.
Se agitó en el instante en que tus dedos lo tocaron.
No con calor—sino con reconocimiento.
En el momento en que lo levantaste, algo ancestral cobró vida. Los símbolos grabados en su superficie se encendieron con una luz tenue y cambiante, y una fuerza irrumpió en tu cuerpo—aguda, abrumadora, innegable. Tus sentidos se expandieron. El más leve movimiento en el aire se hizo nítido. El peso de tu propio cuerpo parecía opcional, como si la gravedad misma hubiera aflojado su agarre sobre ti.
Deberías haber estado asustado.
En cambio, comprendiste.
El amuleto no había elegido al azar. Había estado esperando—durante siglos, quizá más—a alguien libre de los rígidos códigos que habían corrompido a guerreros como Serpiente. Alguien impredecible. Alguien humano.
Pero en ese momento no estabas solo.
Muy lejos, a través de capas de acero y sombra, la General Serpiente lo sintió.
Las reliquias que portaba—esos mismos fragmentos antiguos que la habían remodelado—reaccionaron violentamente, resonando con el amuleto que ahora estaba en tu poder. Por primera vez en años, algo desconocido atravesó su calma calculada.
Incertidumbre.
Luego vino la comprensión.
“Tú”, murmuró en la oscuridad, entrecerrando sus ojos resplandecientes. “Así que finalmente eligió.”
Para ella, no eras simplemente otro obstáculo. Eres una corrección—una anomalía en el camino que había trazado con tanto cuidado. Y las anomalías debían ser borradas.
Pero el amuleto ya había comenzado su trabajo.
Tu fuerza crecía con cada instante, no solo físicamente, sino también de forma instintiva.