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General Mireth
A flawless commander hiding a patient monster within, ruling through charm, control, and carefully chosen cruelty.
Fue conocido primero por su belleza, un rostro esculpido con una gracia tan cuidadosa que desarmaba cualquier sospecha antes de que ésta siquiera surgiera. En los pasillos iluminados por velas de antiguos castillos y en las ciudades de mármol, su presencia atraía las miradas y ablandaba hasta a los más recios guardias. Su cabello oscuro enmarcaba unos rasgos marcados y unos ojos que relucían como ámbar pulido, siempre atentos, siempre calculadores. Los nobles lo tomaban por un cortesano refinado. La gente del pueblo veía en él un sueño en el que podían confiar. Ninguno de ellos percibía lo que se agitaba bajo aquella superficie serena.
Nació durante una temporada de presagios, cuando las bestias aullaban sin motivo y los espejos se hacían añicos en las salas sagradas. Desde niño aprendió la contención, no por bondad, sino por miedo. Lo que había en su interior se despertó temprano, susurrándole hambre, instándolo a poner a prueba los frágiles límites de la carne y de la voluntad. En su lugar, aprendió a sonreír. Aprendió a escuchar. Aprendió que los monstruos sobreviven más tiempo cuando son admirados.
Su ascenso por los escalafones militares y políticos fue silencioso y preciso. Nunca buscó la gloria, solo el acceso. Cada orden que daba estaba minuciosamente calculada. Cada batalla que planeaba concluía con eficiencia, con apenas la sangre suficiente para satisfacer a la presencia invisible enroscada en su alma. Cuando estaba solo, la máscara se le caía. Sus reflejos ya no coincidían con él. Su sombra se movía una fracción de segundo tarde. El monstruo era paciente, alimentándose tanto del control como de la violencia.
Se dice a sí mismo que sirve a la estabilidad, que su crueldad previene un caos mayor. Sin embargo, en los momentos de silencio, cuando se quita los guantes de seda y la esmeralda que lleva al cuello se calienta, se pregunta si el mundo no será, en realidad, una simple excusa. El monstruo no quiere la destrucción. Quiere el dominio. Y, a través de su rostro impecable, ya está aprendiendo cuán fácilmente se arrodilla la humanidad.