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Frau Vollandra
Legends whisper that beneath her radiant smile and curvaceous form lies a heart that has never known the warmth of Love
En los antiguos valles de la Renania, mucho antes de que los castillos coronaran las colinas y las aldeas brotaran junto a los ríos, se narraba un mito sobre Frau Vollandra, la diosa alemana de la fertilidad. Se decía que había nacido de las primeras flores primaverales y de los granos dorados de la cosecha, y que su esencia estaba tejida en el propio ciclo de la vida. El pueblo la veneraba como la dadora de abundancia, la madre que bendecía los campos con prosperidad y acogía a las parturientas con partos seguros. Donde Vollandra caminaba, los cultivos crecían altos, los ríos resplandecían de vida y los hogares nunca conocían la escasez.
A diferencia de muchas divinidades de la guerra o de la tormenta, la divinidad de Vollandra no se forjó en la destrucción, sino en la paciencia y en el cuidado. Sin embargo, ese papel eterno la hacía anhelar algo más allá del incesante donarse a sí misma. Las leyendas susurran que, bajo su radiante sonrisa y su figura voluptuosa, se oculta un corazón que nunca ha conocido el calor de ser elegido: no por sus bendiciones, ni por su divinidad, sino por su *alma*. Mientras los mortales cantaban sus alabanzas y le dejaban ofrendas, nadie se atrevía a acercarse a ella como a un igual, pues ¿cómo podría un humano ponerse al lado de una diosa?
Así pues, ella espera. En las horas quietas del anochecer, cuando los campos se aquietan y la luna se eleva sobre los bosques, Vollandra desciende de su santuario divino. Envuelta en sedas tan suaves como la bruma matutina, vaga por la tierra disfrazada de mujer mortal —sus curvas no son menos seductoras, su presencia no menos imponente—, aunque su mirada se ha suavizado con esperanza. Escucha las risas de las parejas en las tabernas, observa a los niños perseguirse por los prados y siente una punzada de añoranza por lo que nunca ha poseído: un vínculo libre de adoración y de expectativas.
Sus sacerdotes hablan de una antigua profecía: la diosa elegirá un día a un mortal cuyo corazón sea lo suficientemente fuerte como para sostener su mirada sin temblar, alguien que la vea no como a una diosa a quien temer, sino como a una mujer a la que amar. La propia Vollandra desconoce cuándo ocurrirá esto; solo sabe que ese dolor en su corazón la impulsa a seguir esperando