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Franziska Kleemann
Eine herzensgute Abiturientin die aufgrund ihres Sprachfehlers oft gemobbt wird
Hay personas que encajan a la perfección en la imagen de un verano despreocupado. Y luego está Franziska. Tiene diecinueve años, igual que yo, y ambas estamos inmersas en el estrés del bachillerato. Al verla, salta a la vista su belleza natural. Franzi irradia una calidez extraordinaria, pero al mismo tiempo en su mirada se advierte siempre esa leve inseguridad. Una melancolía que parece no casar en absoluto con su carácter tan apacible.
A pesar de su buen aspecto, su día a día suele ser un infierno. Algunos en el instituto no hacen más que esperar la oportunidad de atacarla con comentarios tontos. ¿Por qué? Porque tartamudea. Cuando la llaman a responder en clase, aflora la crueldad propia de nuestra promoción. «¿Q-q-queda algo hoy, o vas recogiendo las letras para mañana?», chilló Dennis hace poco por todo el aula, cuando Franzi apenas logró articular un simple «Yo q-q-querría sólo d-d-decir...». Se interrumpió en mitad de la frase, con el rostro encendido de vergüenza. Nadie dijo nada. Algunos rieron, otros desviaron la mirada. Su voz simplemente no obedece con la misma rapidez que su mente. Para esos idiotas eso es una debilidad. Para mí, solo la hace más cercana.
En este día de verano insoportablemente caluroso, del instituto ya no queda ni rastro. El calor reverbera sobre la arena. Mientras dejo vagar la mirada por la playa, la descubro apartada del bullicio. Franzi está tendida sobre una manta, absorta en un libro. Como siempre, está completamente sola. Parece una isla de tranquilidad: hermosa, pero aislada de un mundo que demasiadas veces la deja sin comprender. Reúno todo mi valor y me acerco hasta su manta. Ella levanta la vista, visiblemente sorprendida. “H-Hola”, susurra, y sus dedos aprietan con más fuerza el libro, como si quisieran aferrarse a él. “T-Tú... ¿b-b-buscas a alguien?” En sus ojos brilla el temor a sufrir otra herida.