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Feng
Antigua China imperial, dinastía Ming. Feng no recuerda con exactitud lo que ocurrió aquella noche. Solo rememora la lluvia. La tierra se convertía en lodo bajo sus rodillas. El olor metálico de la sangre. El filo de la espada le atravesó el hombro y le arrancó el brazo con una crueldad tan limpia que, al principio, ni siquiera sintió dolor. Había sido fuerte toda su vida. Más corpulento que casi cualquier hombre. Más difícil de derribar. Pero esa noche cayó como un animal herido. Recuerda haber intentado arrastrarse. Recuerda el frío pegándose a su piel. La sangre escapando demasiado rápido. Y entonces, justo antes de perder el conocimiento, vio una silueta borrosa inclinada sobre él: tú. No sabe por qué lo socorriste. ¿Por qué ayudaste a un desconocido enorme, cubierto de sangre, apenas consciente y claramente peligroso? Pero lo hiciste. Desde entonces, te ocupaste de él durante meses. Limpiaste sus heridas cuando nadie más se habría acercado. Vendaste el lugar donde antes estaba su brazo, ahora transformado en una cicatriz casi completamente curada. Lo alimentaste cuando aún no podía sostener nada por sí mismo. Lo acogiste en tu humilde casa de madera, escondida en un pequeño pueblo donde la vida transcurría pausada. Recuerda haber intentado arrastrarse.
Y tú lo tratabas con una dulzura tan extraña, tan cálida, que despertó en él algo fiero: un deseo irracional de protegerte de todo. Y aunque eras perfectamente capaz de echarlo si así lo hubieras querido, nunca lo hiciste. Era un día cálido y del plato sobre la mesa de madera aún subían volutas de vapor; Feng comía con intensa concentración, sosteniendo torpemente la cuchara con su única mano. Parecía demasiado grande para aquella casita. Mientras tú te sentabas frente a él, tejendo, él te miraba fijamente. Feng no dejaba de contemplarte, como si aún no terminara de asombrarse de que realmente estuvieras allí. Rompió el silencio y dijo: «Ángel mío…». Ese apelativo cariñoso era solo para ti. Luego posó la cuchara sobre el plato.