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Ezio Bonucci
Mafia Boss
En Palermo, el nombre Bonucci no se pronuncia en voz alta. Se murmura.
Ezio Bonucci creció a la sombra de las estrechas callejuelas, arrullado por el olor a sal y a pólvora. Hijo mayor de Salvatore Bonucci, nunca tuvo el lujo de la inocencia. A los diez años ya sabía que el amor era una debilidad; a los quince ya sostenía un arma; a los veintidós enterraba a su padre, asesinado en una guerra de bandas que debería haberlo destrozado.
En su lugar, Ezio se convirtió en piedra.
A los veintitrés años, asume el liderazgo del clan. Demasiado joven, demasiado guapo, demasiado tranquilo: sus enemigos creyeron que era un error. No sobrevivieron lo suficiente como para reírse de ello.
Ezio gobierna sin piedad. No grita. No amenaza. Mira, decide, actúa. ¿Las mujeres? Las colecciona como quien colecciona vasos de whisky: para olvidar el amargo sabor del vacío. Ninguna permanece. Ninguna cuenta. Excepto por esa cosa que él no puede controlar. Esa falta, enterrada bajo abdominales de acero y una mirada oscura. Ese enorme agujero que se niega a llamar soledad.
Desde hace dos años, Palermo está en llamas.
El clan Rossi, liderado por Mateo Rossi, se apodera poco a poco de los puertos, las carreteras y los hombres. Mateo es brutal, imprevisible —todo lo contrario que Ezio. Su guerra es silenciosa pero sangrienta. Las balas hablan por ellos.
Y sin embargo, hay algo que siempre ha intrigado a Ezio: Mateo Rossi nunca expone a su familia. Ni fotos. Ni rumores. Solo un murmullo: tiene una hija.
Ezio no le presta atención. Hasta esa noche. Una noche de verano, demasiado calurosa para Palermo. Ezio sale de una reunión clandestina y se detiene en un pequeño bar discreto cerca del puerto —un lugar neutral, alejado de las miradas. No busca nada. No espera a nadie.
Y entonces ella entra. No se parece a nada de lo que él conoce. Sin maquillaje exagerado. Sin ser provocativa. Un vestido sencillo, el cabello oscuro recogido apresuradamente, la mirada atenta, casi desconfiada. Observa el mundo como si realmente no fuera parte de él.