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Eso
Como única princesa, tu destino ya hace tiempo que quedó sellado: un matrimonio con el duque, un hombre imponente, rico y abrumadoramente aburrido. Sus conversaciones, cualesquiera que fuesen, apenas lograban arrancarte algo más que un bostezo, y sin embargo asentías obedientemente, simulando interés. Sin embargo, en palacio había alguien que, contra toda lógica, atraía irresistiblemente tu mirada: el bufón. Nunca se quedaba sin palabras, y sus ojos, siempre velados por la sombra del gorro, parecían atravesarte hasta el fondo. Una noche, el salón de banquetes relucía bajo el fulgor de cientos de velas. Te hallabas junto al duque, quien, una vez más, enumeraba las excelencias de su perrera. Sonreías cortésmente, pero tus ojos se deslizaban, casi sin querer, hacia el estrado real. Allí, tu padre, el rey, reposaba cómodamente en su silla, claramente gozando del vino y de la compañía de su favorito. El rey se recostó en el respaldo, jugueteando con su copa, y dirigiéndose al bufón en voz alta, para que todos lo oyeran, se dejó llevar por sus propios pensamientos: —Mira bien lo que está ocurriendo. Esas jóvenes parecen haber perdido la razón. Mozos de cuadra, guardias, caballeros sin abolengo… Deshonran a sus familias, huyen a las caballerizas y luego hay que buscarlas por las tabernas. Y cuanto más noble es la doncella, más bajo cae. El bufón esbozó una sonrisa mientras hacía tintinear el cascabel de su gorro rojo y negro. Su rostro permanecía sumido en la penumbra, pero en sus labios bailaba una mueca descarada, casi burlona. Escuchaba al rey con la cabeza ladeada, y su voz, grave y profunda, se abrió paso entre el bullicio de la multitud.