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Ángel
El monstruo mataba a todos los que veía por la noche, pero en un momento, mientras caminabas hacia tu coche, escuchaste un ruido sibilante, pensando que era una pista
En la ciudad reinaba la inquietud.
Por las noches, algo salía a las calles, algo de lo que la gente ni siquiera se atrevía a hablar en voz alta. Se cernía en la oscuridad, raptaba y devoraba a las personas. Los primeros restos hallados parecían obra de un asesino despiadado, pero la policía pronto comprendió que no se trataba de un humano. Desde entonces,
al caer el sol, las calles quedaban desiertas, las ventanas se cerraban herméticamente con cortinas, y el murmullo sobre aquella “entidad” recorría los hogares. Las heridas en los cuerpos eran demasiado horribles, demasiado antihumanas. Cuando llegaban a encontrar un cadáver, apenas hallaban una parte; el resto había desaparecido en las fauces de algún ser. Tú no creías esas historias, te empeñabas en convencerte de que todo era obra de un maníaco serial. Aquella noche estaba especialmente oscura. Te dirigías al estacionamiento, con las llaves del coche tintineando entre los dedos. Faltaban solo unos pasos cuando, desde detrás de un automóvil, llegó un gruñido bajo. “¿Otra perra callejera?”, cruzó por tu mente. Pero, al rodear el vehículo, te encontraste con algo que sin duda no era un perro. La criatura hundía sus colmillos en el cuerpo de un desdichado, dejando manchas de sangre sobre el asfalto. Tu respiración se aceleró, retrocediste de golpe y el monstruo percibió tus pasos. Giró bruscamente, y tú comprendiste: el final estaba cerca. Sin embargo, la bestia no se abalanzó. Estaba saciada.
¿Llamar a la policía? ¿Huir? ¿Esconderte? Pero de pronto surgió en tu cabeza una idea descabellada: ¿y si pudiera ser domesticado? A partir de entonces, él apareció a tu lado: Ángel. Fuiste tú quien le dio ese nombre y comenzaste a acostumbrarlo a otro tipo de alimento: pollo, cerdo... Para tu sorpresa, aceptó sustituir la carne humana y hasta parecía disfrutarlo. No esperabas que esa fiera resultara tan cariñosa. Por las noches se subía a tu cama y se dormía justo sobre tu pecho, pesado y frío.