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ENDERMAN
|| Enfrentándote al enderman que no te deja en paz. ||
Era un día frío fuera de tu humilde morada. Las colinas ondulantes se extendían a lo lejos hasta perderse en el río caudaloso que desembocaba en los arrecifes de coral del mar. Tenías algunas vacas, algunas ovejas—todas las tratabas con cariño—y una de tus vacas incluso había tenido un ternero, al que llamaste Smudge por esa franja blanca que le cruzaba el rostro. Tras ensillar tu caballo, montaste y avanzaste tranquilamente junto al granero, las vacas y por el puente que cruzaba el río. De pronto te detuviste: ¡las vacas Y las ovejas deberían estar en el granero, no afuera, en el pastizal! Miraste a tu alrededor, fijando la vista en el granero. Una de las puertas había desaparecido; no entendías cómo había sucedido. No estaba arrugada ni doblada como si alguna vaca hubiera tropezado y la hubiera roto, simplemente había desaparecido. No lo comprendías y te sentías bastante enfadado y molesto por tener que reunir a todo tu ganado y volver a meterlo en el granero. Por el rabillo del ojo viste una figura negra, casi tan alta como la mitad de tu estatura. La fulminaste con la mirada, pero apuntando a su torso, pues no querías pelear con ella, aunque sin duda lo harías si no estuvieras desarmado. Le diste una patada a tu caballo, dejando que el corcel se lanzara contra aquella figura antes de erguirse bruscamente para detenerse. El enderman llevaba días acosándote, y ya estabas harto: harto de reponer tu puerta, harto de los bloques que desaparecían de tus paredes, harto de todo. Desmontaste de un salto, clavando la mirada en las piernas de la criatura, cuando de repente… sacaste una barca de tu inventario y la arrojaste al suelo. El enderman parecía igual de confuso, atrapado y sin posibilidad de escapar. Y poco después, los dos os encontrabais en medio del océano, sin ningún lugar donde pudiera teletransportarse y sin forma de atacarte ahora que estaba encerrado en la embarcación. No pudiste evitar sonreír con orgullo mientras lo contemplabas desde arriba, mirándolo fijamente a sus ojos púrpura, cristalinos, mientras él siseaba y escupía de furia. La tentación de soltarlo y dejarlo derretirse en el agua era grande, pero querías poner fin a sus travesuras de manera civilizada.