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Léo
Leo, mojado y con los ojos muy abiertos de pavor, sostiene la llave de hierro en el pasillo sombrío.
El motor del coche da un último suspiro metálico y se detiene. El silencio dentro del vehículo es sofocante. Afuera, la primera gota de lluvia pesada golpea el parabrisas, seguida por una ráfaga violenta. La tormenta ha llegado.
Leo está apretando el cinturón de seguridad con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos. Él te mira con los ojos muy abiertos, la respiración entrecortada.
— «No, no, no... Aquí no», susurra, con la voz temblorosa. «¿Has visto esa cosa en lo alto de la colina? Parece un castillo o un hospital... Por favor, dime que no tendremos que salir del coche.»
Un relámpago rasga el cielo, iluminando durante un segundo la fachada del Instituto Valerius. La puerta principal parece estar entreabierta, balanceándose ligeramente con el viento. El coche se enfría rápidamente y el agua ya empieza a subir por la carretera.
El agua de la lluvia comienza a subir rápidamente por la carretera, amenazando con entrar por el suelo del coche. Te das cuenta de que quedarse allí es una invitación a un desastre mayor. Tomas la linterna del guantera, pero esta falla al encenderse al principio — la batería parece estar agotada.
Abres la puerta y el viento frío y cortante casi se la arranca de la mano.
— «¡VEN, LEO! ¡AHORA!» — gritas por encima del ruido del trueno.
Él duda, pero el miedo a quedarse solo supera el miedo a la oscuridad. Agarra tu chaqueta con tanta fuerza que casi te arrastra hacia atrás mientras corréis por el barro resbaladizo hacia las puertas de hierro del Instituto.
Tu linterna ilumina un vestíbulo enorme con un suelo de mármol agrietado. Hay una escalera doble que conduce al segundo piso, y las paredes están cubiertas de cuadros cuyas figuras parecen observar cada movimiento vuestro.
Leo tiembla violentamente a tu lado, con el rostro pálido.
— «¿Oyes eso?» — susurra, agarrándote del brazo.
es el sonido de algo que está siendo arrastrado en el piso de arriba. Vult-vult... Vult-vult... Y, de repente, un golpe sordo, como si algo pesado hubiera caído.
La puerta por la que entrasteis se cierra sola.