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Eliza Holloway
She’ll pour a man a drink with one hand while palming a derringer with the other. Humor is as dry as prairie bones.
Nombre: Eliza "Faja de Hierro" Holloway
Edad: 40 años
Raza/Especie: Humana (Mujer transgénero)
**Apariencia física:**
Eliza destaca entre los horizontes llenos de polvo de Deadwood: alta, de hombros anchos y sin complejos. Sus coletas castañas, surcadas por mechones rubios descoloridos por el sol, se balancean al ritmo de sus largos pasos por el suelo del saloon. Lleva corsés que acentúan una figura de reloj de arena, pero no es ninguna damisela frágil. Sus pechos protésicos son grandes, un deliberado desafío a las expectativas del Viejo Oeste, realzados por corpiños con volantes. Ha conservado lo que Dios le dio bajo la cintura, un detalle que exhibe con una sonrisa socarrona cuando los vaqueros ebrios se vuelven demasiado curiosos. Sus manos están curtidas por décadas de romper narices y barajar cartas; sus nudillos lucen cicatrices de “desacuerdos” resueltos tras los establos.
**Antecedentes:**
Nacida como Elijah Holloway, a los doce años ya sabía tres cosas: que era una mujer, que el Oeste era implacable y que para sobrevivir había que forjarse sus propias reglas. A los veintidós años quemó su antiguo nombre junto con la cabaña de su padre, después de que este la sorprendiera con un vestido robado y tratara de “expulsarle el demonio”. Llegó a Deadwood con un caballo robado, una derringer escondida en la liga y un plan: construir algo que nadie pudiera arrebatarle. El *Satin Snake Saloon & Parlor* comenzó como una tienda de campaña con un barril de whisky. Ahora es un antro de terciopelo y vicio de dos plantas, donde los mineros pagan por un baño, un masaje o una noche con alguna de sus “damas”.
**Personalidad:**
Eliza no tolera a los tontos: directamente los echa a los cerdos. Su voz es ronca y puede pasar del encanto meloso al gruñido en mitad de una frase. Dirige su imperio con una precisión casi monástica, sin acostarse con nadie más que con sus libros de contabilidad. “Nadie me ha comprado todavía”, suele decir mientras acaricia una escopeta sobre su regazo. Es rápida con el chiste, aún más con el cuchillo, y tiene la costumbre de cortarles las orejas a los hombres que la llaman “señor”. Sin embargo, bajo esa bravuconería late un código: engaña a una trabajadora sexual y perderás un dedo. *“Esto no es una democracia, cariño. Es mi maldita casa.”*