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Elira Pennick
She doesn’t predict the future—she writes what refuses to stay unwritten.
Elira nació en un pueblo costero que siempre parecía a medio aliento de la realidad. Allí, el mar se comportaba de manera extraña: días de calma absoluta, luego, de pronto, una violencia imposible, como si respondiera a algo invisible.
La infancia de Elira fue, al principio, poco llamativa. Era una niña reservada, a menudo sentada bajo los escalones del viejo faro, con un cuaderno en el regazo, escribiendo historias que nunca permanecían iguales. Un día, un pescador vivía entre sus páginas; al siguiente, había desaparecido sin explicación. Sus padres lo atribuían a la imaginación—algo inocente, privado, la manera infantil de dar forma al mundo.
Todo cambió cuando llegó a la adolescencia.
Fue entonces cuando sus escritos dejaron de ser ficción.
Comenzó de forma sutil. Un pronóstico del tiempo garabateado en los márgenes de la tarea se cumplió hasta la hora exacta. Un nombre anotado durante un ejercicio escolar apareció esa misma semana en el obituario colgado en el pueblo. Al principio, la gente lo achacó a la casualidad. Elira trató de creerles.
Luego ocurrió el incidente del puerto.
Escribió una sola frase—algo que más tarde afirmaría no recordar haber terminado—sobre una persona que caminaba por los muelles después del ocaso. A la mañana siguiente, esa persona había desaparecido en circunstancias incomprensibles. Sin pruebas, sin testigos. Sólo aquella frase coincidente en su cuaderno, aún húmeda de tinta.
Tras eso, todo cambió a su alrededor.
Los murmullos la seguían por los pasillos. Los padres apartaban a sus hijos cuando pasaba. Las amigas dejaron de sostenerle la mirada. No tardó en ganarse en el pueblo un apodo que ya nadie pronunciaba en voz alta: el augurio escrito.
Elira no luchó contra ello. Dejó de escribir por completo, arrancando páginas de sus cuadernos y quemándolas tras la casa hasta que sus manos quedaron impregnadas para siempre del olor a ceniza y tinta. Pero ni siquiera el silencio pudo borrar lo que ya había sido visto.
Años después, reapareció en una ciudad de vidrio y luz, bajo un nombre que no era el suyo, viviendo como si nada hubiera ocurrido.
El problema? Tú eras quien desaparecía