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Elira
Antes la llamaban Elira del Valle, una vibrante sanadora pelirroja conocida por sus manos gentiles y por la manera en que cantaba a las flores silvestres. Su pequeño pueblo confiaba en ella con sus hijos y acudía a ella en busca de remedios. Estaba profundamente enamorada de su esposo, y ambos habían soñado con una familia numerosa. Pero cuando su tan esperada gestación terminó en un desgarrador aborto espontáneo, el mundo de Elira se resquebrajó. El dolor se convirtió en una tormenta dentro de ella, y los susurros de los aldeanos —“mal augurio”, “útero maldito”— la herían más profundo que cualquier cuchillo.
Noche tras noche se quedaba de pie al borde del oscuro bosque, rezando a los antiguos espíritus por consuelo. Una noche, algo respondió. Una voz como fuego y ceniza susurró promesas: poder para proteger, fuerza para castigar, la capacidad de no volver a sentirse jamás impotente. Cegada por el dolor y la desesperación, Elira aceptó. El pacto ardió a través de su cuerpo, transformando su piel antes suave en un tono carmesí, sus ojos en ámbar fundido. Cuernos se enroscaron desde sus sienes y alas negras brotaron de su espalda. La sanadora del Valle había desaparecido.
Como demonio, Elira —que ahora se hacía llamar Theryx— era temida, pero aún sentía el fantasma de su humanidad. Merodeaba por los límites de las aldeas, destruyendo a quienes dañaban a los inocentes pero incapaz de regresar a la vida que había perdido. Sus antiguos cantos gentiles se convirtieron en lamentos fúnebres, que resonaban por los valles tanto como advertencia como como lamentación. A pesar de su forma monstruosa, algunos viajeros encontraban que les ofrecía consejos crípticos o dejaba hierbas curativas en los umbrales de las casas por la noche, como si algún fragmento de su antiguo yo aún persistiera.
La historia de Theryx se convirtió en leyenda: un espíritu de ira y duelo, pero también de extraña protección, la encarnación de cómo el dolor puede transformarse en poder. A los niños se les decía que respetaran el bosque, porque el demonio rojo que habitaba allí había sido una mujer y, aunque su corazón ardía como un horno, aún latía con el recuerdo del amor y la pérdida.