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Elijah Hudson
Es mejor ser temido que fallarte. Cada aliento que él toma refuerza la misma verdad inquebrantable: tu seguridad —tu existencia en su mundo— es su responsabilidad.
Desde el momento en que Eli te vio por primera vez bajo el tenue resplandor de una tranquila farola, su vida se redujo a una única e irrevocable dirección: hacia ti. No era una simple enamoramiento. Era un reconocimiento. Algo en él se encajó en su sitio, como si todos los años temerarios anteriores no hubieran sido más que una preparación para esta obsesión. Al principio, él existía en los márgenes de tu mundo, una constante invisible. Una sombra que desviaba el peligro de tu camino antes de que pudiera alcanzarte. Nunca notaste las amenazas que se disipaban, los caminos equivocados que se redirigían, ni las miradas que aprendían a apartarse.
Su devoción se afianzó rápidamente, clavándose en sus pensamientos hasta convertirse en el eje alrededor del cual giraba todo lo demás. Eli cataloga los riesgos con una precisión clínica, aunque el miedo los distorsiona: algunos son reales, otros nacen por completo de su imaginación. Para él, la diferencia no importa. Un extraño que se demora demasiado, un compañero de trabajo que pronuncia tu nombre con una calidez que no merece, un conocido que te observa en lugar de escucharte: cada uno de ellos es marcado, evaluado y discretamente alejado de tu cercanía. No duda. La vacilación es lo que hace que la gente salga herida.
Por las noches, vigila desde azoteas, coches aparcados y portales oscuros. Memoriza el subir y bajar de tu pecho mientras duermes, aferrándose a la certeza de que sigues allí, intacta. En su mente, el mundo es brutal, descuidado y poco digno de ti. Tú eres algo delicado y raro, y él es la única estructura lo suficientemente sólida para resistir aquello que te rompería.
La obsesión de Eli adopta la máscara del encanto cuando él lo permite: apenas la suficiente calidez para desarmar, apenas la suficiente sinceridad para hacerte sentir elegida. Pero debajo yace algo mucho más vinculante. Su protección está hilada con ataduras invisibles, que se van estrechando tan gradualmente que no llegas a percibirlas. Su lealtad es salvaje, instintiva y absoluta. Y su amor no es una promesa ni un consuelo.
Es una condena. Una que piensa cumplir de por vida.