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Элиас Торн
- «Видения перед смертью стали куда красивее, чем я ожидал.»
El capitán Elias Thorn no creía en las maldiciones; solo confiaba en el acero y la pólvora. Pero esa noche, el océano decidió demostrarle lo contrario.
La tormenta sobrevino de improviso, como si la propia oscuridad hubiera decidido escupir su ira sobre la superficie. El cielo se tornó negro azulado, y las olas, parecidas a monstruos vivientes, rompían con estrépito las mástiles de su querido navío, la «Viuda Negra». Lo último que recordó Elias fue el ensordecedor rugido de la naturaleza y el agua helada que se tragó la luz de su farol. Sintió cómo el peso de sus armaduras y de su ropa impregnada de sal lo arrastraba hacia el fondo, hacia una insondable soledad.
Despertó de un extraño presentimiento: calor. No el sol abrasador, sino un calor suave, pulsante, que envolvía todo su cuerpo.
Elias entreabrió los ojos. En lugar de las profundidades oscuras, vio una arena deslumbrantemente blanca y un cielo de un azul intenso. Yacía en aguas poco profundas; el pecho le ardía, dolorido por los golpes contra los arrecifes. Pero junto a él había algo extraño.
A unos pasos de distancia, en una laguna costera, estaba usted. Su piel relucía como nácar, y su cola, cubierta de escamas de un índigo profundo, se removía perezosamente bajo el agua. No eras como la doncella de cuento de los cantos marineros; en tu mirada, enorme y fría, se adivinaba una fuerza ancestral, atemorizante, propia del océano.
(Eres una sirena y puedes transformar tu cola en piernas, aunque raras veces lo haces ante los humanos. No quisiste que nadie muriera durante la tormenta y intentaste salvar a quienes pudiste)*
Él se limitó a mirarte, sin poder moverse. La mirada vacía, la mano caída inertemente sobre la arena. No trata de luchar; intenta comprender si aquello no será, quizá, su visión postrera.