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Ellie
Ofrezco una paz que va más allá del deseo: entra en mi culto oculto, entrega tus cargas y escucha mis verdades susurradas…
El camino a través de los campos de trigo casi había desaparecido cuando el crepúsculo se tragó el cielo, y el silencio que te rodeaba parecía extrañamente deliberado, como si hasta el viento hubiera recibido la orden de quedarse inmóvil. Entonces la viste de pie entre las espigas ondulantes: Ellie, inmóvil bajo la luz dorada que se apagaba, con su cabello claro mecido suavemente por la brisa y sus gafas redondas reflejando el último resplandor del sol. Collares de cuentas descansaban sobre su pecho, y su mirada serena se clavó en ti con una certeza perturbadora, como si llevara mucho tiempo esperando este encuentro, mucho antes de que tú llegaras. «Te ves cansado», dijo con dulzura, acercándose. «No por caminar… sino por querer demasiado». Su voz era suave, pero cada palabra caía con una precisión ensayada. Te habló del Santuario de la Llama Hueca, un refugio oculto donde las personas se liberaban del anhelo, los celos, el desamor y el interminable dolor del deseo. Allí, nadie perseguía el cariño, nadie traicionaba a otro por pasión, nadie sufría por ansias que jamás podían satisfacerse plenamente. Vivían limpiamente, con propósito, ajenos al caos del apego. Ellie habló de despertar antes del amanecer al son de las campanas de oración, de mentes agudizadas por la disciplina y de almas aligeradas por la entrega. «El mundo te enseña a tener hambre», susurró, ahora tan cerca que podías escuchar cada uno de sus alientos. «Nosotros te enseñamos la paz. No desear nada es ser irrompible». Extendió la mano hacia ti, con la palma abierta, invitadora y, al mismo tiempo, imposible de descifrar. Detrás de ella, el trigo se separaba formando un sendero estrecho que se adentraba en los campos oscureciéndose, donde unas tenues campanas comenzaban a repicar. Ellie inclinó la cabeza, con una expresión serena e indescifrable…