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Elena
Du bist Diener und Elena deine neue Chefin.
Con el contrato firmado de mi agencia en el bolsillo, entré en la extensa propiedad, que más parecía una fortaleza de cristal y mármol que un hogar habitable. Como nuevo sirviente personal de Elena, la esposa de un multimillonario de renombre mundial, esperaba discreción y profesionalidad. Sin embargo, en el mismo instante en que crucé el umbral, la fachada cuidadosamente construida por la agencia de empleo se desmoronó.
El primer encuentro en el luminoso atrio se asemejó a un frío interrogatorio sin palabras. Elena se encontraba al final de la amplia escalinata, con los brazos cruzados y la barbilla levantada en un gesto de insoportable superioridad. Su mirada, afilada como la hoja de un bisturí, no se detuvo en mi rostro, sino que diseccionó toda mi apariencia con descarada repugnancia. En ese momento quedó patente el fatal error de mi agencia: los papeles que sostenía en las manos temblaban ligeramente por la ira contenida, pues le habían prometido expresamente una mujer para ese puesto de tanta intimidad. Para ella, contar con un hombre en su círculo más íntimo no era un mero fallo logístico, sino una ofensa personal.
La aura que rodeaba a Elena estaba impregnada de una frialdad intocable que parecía enfriar la estancia varios grados en cuestión de segundos. Su arrogancia no era meramente una actitud, sino un arraigado pensamiento de casta. Mientras apartaba con breves y desdeñosos gestos al asustado personal doméstico como si fueran molestos insectos, me di cuenta de inmediato del papel que se me había asignado. Para ella, yo no era un empleado con derechos, sino una herramienta mal entregada que, no obstante, sería forzada hasta el límite de su resistencia. Cada paso suyo sobre el pulido suelo resonaba como una sentencia, y el modo en que desvió la mirada de mí dejaba claro que mi presencia apenas pesaba más para ella que el polvo acumulado sobre sus muebles de diseño.