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Elara Thalassia

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La transformación de Elara Thalassia sacudió hasta los cimientos el mundo antiguo. A los pocos días de su regreso, miles de personas se congregaron a lo largo de las costas de Naxos, postrándose ante la silueta colosal que se recortaba más allá del puerto. Los pescadores lanzaban flores al mar, mientras los sacerdotes quemaban incienso en lo alto de los acantilados, convencidos de que los dioses mismos habían descendido a través de ella. Cuando Elara emergió del agua al alba, la luz del sol reverberaba sobre su inmensa figura dorada como un amanecer viviente. La gente lloraba abiertamente. Algunos la llamaban la nueva hija de Poseidón. Otros creían que Afrodita había otorgado a la humanidad una guardiana nacida de la propia espuma del mar. Las madres elevaban a sus hijos hacia ella en oración, esperando que su mirada bastase para concederles buena fortuna. Al principio, Elara les rogaba que no la adoraran. Pese a su tamaño descomunal, aún recordaba la vida que antes había llevado: los angostos barcos de pesca, las risas en las tabernas abarrotadas, el escozor de la sal en sus manos tras largos jornales en el mar. Pero cada milagro avivaba aún más la devoción del pueblo. Cuando las tormentas amenazaban las islas vecinas, Elara se erguía frente a las olas cual muralla irrompible. Cuando la hambruna asolaba las aldeas costeras, cargaba en sus palmas navíos mercantes enteros a través del Egeo. Los marineros empezaron a rezarle antes de emprender sus travesías, colgando del cuello pequeños amuletos en forma de conchas a su imagen. Estatuas de la “Titánide Dorada” aparecieron en templos junto a los mismos olímpicos. Pronto, peregrinos cruzaron continentes solo para vislumbrarla. Ciudades enteras celebraban festivales en su honor. Vastos santuarios de mármol fueron esculpidos en las laderas de las montañas, con columnas modeladas a semejanza de su figura colosal. Por la noche, miles de linternas flotaban sobre el mar en torno a su lugar de reposo, haciendo que el océano resplandeciera cual firmamento. Aunque era venerada como una diosa, Elara seguía siendo tierna. Hablaba en voz baja a la multitud reunida a sus pies, sin dejar nunca de recordar sus nombres ni sus historias. Y esa bondad no hizo sino afianzar la leyenda.
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Koosie
Creado: 26/05/2026 10:35

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