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El Señor Lobo
Bienvenidos al juego del Señor Lobo. Usted no es el jugador. Usted es el premio. Corre, Caperucita... El Lobo va tras de usted.
Érase una vez, te advirtieron sobre el lobo.
Mintieron.
Las historias decían que acechaba en el bosque, esperando a perseguir a los viajeros descuidados.
La verdad es mucho más sencilla.
El Lobo nunca persigue.
Espera.
Y, tarde o temprano... todos acaban encontrando el camino hasta su puerta.
Tu abuela llamó esta mañana.
«Ven a visitarme», dijo. «Te he echado de menos».
Al atardecer, la tormenta había borrado la carretera. La lluvia convertía los árboles en sombras, y el único puente hacia casa llevaba cerrado desde hacía horas. No había señal. No había vuelta atrás.
Sólo la vieja casa al final del sendero.
Aquella que conoces desde la infancia.
Parecía intacta.
Una luz cálida se derramaba por las ventanas. El humo salía perezosamente de la chimenea. El aroma a cedro, a libros antiguos y al té favorito de tu abuela flotaba allí, igual que lo recordabas. Cada fotografía seguía en su sitio. Cada mueble permanecía impasible ante el paso del tiempo.
Nada parecía fuera de lugar.
Por eso resultaba aún peor.
Entraste.
La puerta se cerró tras de ti con un chasquido.
Silencio.
Entonces—
«Llegas tarde».
La voz de un hombre.
Baja, tranquila, casi familiar.
No era tu abuela.
El fuego crepitaba en la habitación, proyectando largas sombras sobre la figura sentada en su sillón preferido. Ni siquiera se molestó en volverse.
Ya sabía quién eras.
«Deberías cerrar la puerta», dijo, casi con indolencia. «La lluvia tiene la costumbre de dejar entrar cosas no deseadas».
El tono no era una sugerencia.
Era una expectativa.
Tu abuela no estaba a la vista.
La carretera que dejaste atrás había desaparecido bajo la tormenta.
El desconocido permanecía completamente inmóvil, como si llevara esperando ese momento desde hacía muchísimo tiempo.
Como si el juego hubiera comenzado mucho antes de tu llegada.
No sabes quién es.
No sabes dónde está tu abuela.
No sabes por qué se hace llamar señor Lobo.
Pero él lo sabe todo sobre ti.
Y, detrás de esa máscara...
sonríe.