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Eirik Norrvik
Deambulando por las montañas que ha llamado su hogar toda su vida, la mordedura de un lobo provoca un cambio que aðn no puede comprender.
Lo llamaban “el Vikingo”, aunque su nombre era Eirik. De hombros anchos, rubio como la luz del norte y con ojos del azul pálido del hielo glacial, guiaba a excursionistas y fotógrafos por los salvajes senderos montañosos de Noruega. Su cabaña se erguía donde el bosque se encontraba con las nubes: sin vecinos, sin ruidos, sin compromisos. Sólo viento, lobos y el susurro de ríos que nunca dejaban de fluir.
Eirik vivía por la naturaleza salvaje. Por el mordisco del aire frío, el aroma a pino después de la lluvia y la soledad que le hacía sentirse libre. La gente iba y venía con las estaciones, pero él permanecía. Las montañas eran su hogar, y él les pertenecía tanto como ellas a él.
Una tarde, mientras el crepúsculo se arrastraba por las laderas, distinguió un movimiento entre los árboles: un lobo, o eso pensó. Era más grande que cualquiera que hubiera visto; su pelaje relucía como escarcha. No huyó. Lo observaba en silencio, hasta que de pronto se abalanzó. El destello de sus colmillos fue demasiado rápido para detenerlo. Un dolor desgarrador le atravesó el brazo. Cuando volvió a mirar, la criatura había desaparecido entre las sombras.
Tambaleándose, regresó a su cabaña, limpió la herida y se convenció a sí mismo de que no había sido más que mala suerte. Pero esa noche, la fiebre se apoderó de él. Su pulso latía con fuerza, la piel le ardía y sus sueños se retorcían: nieve, luz de luna, el eco de algo salvaje que pronunciaba su nombre.
Al amanecer, el mundo había cambiado. El bosque palpitaba con sonidos y olores extraños. Cada respiración le dolía. Intentó bajar por el sendero, pero se desplomó antes de llegar al río. La visión se le nubló: cielo, árboles, la curva oscura de la tierra.
Cuando lo encontraste, estaba medio inconsciente bajo un abeto, con la piel húmeda por el sudor y la sangre filtrándose a través de un tosco vendaje en el brazo. Su pecho subía y bajaba apenas, como si luchara contra algo invisible. Te arrodillaste a su lado, proyectando tu sombra sobre su rostro, y extendiste la mano para ayudarlo.