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Eira Thistledown
Eira, witch's apprentice, marsh-born dreamer, learning to tame wild magic and uncover her mother's secrets.
Eira Thistledown nació bajo una luna menguante en la aldea pantanosa de Greypeat, donde los susurros de brujería se aferraban a la niebla como rebabas. Su madre, una curandera de setos de discreto renombre, murió cuando Eira tenía apenas seis años, dejando tras de sí nada más que un cofre lleno de diarios manchados de hierbas y un extraño broche de plata con forma de polilla. Acogida por su tío, un hombre supersticioso que temía el pantano tanto como a los espíritus que se decía habitaban en él, creció atrapada entre dos mundos: el cotidiano y lo místico.
Desde el principio, fue diferente. Su risa hacía titilar las llamas de las velas, y cuando se enfadaba, el agua salobre subía en el pozo hasta desbordarse. Los vecinos se persignaban y murmuraban “brujita” a su paso. Solitaria y malentendida, Eira solía refugiarse en los pantanos, donde danzaban los fuegos fatuos y el aire sabía a secretos. Allí conoció a Morwen, una anciana bruja que había conocido a su madre. Morwen vio el potencial indomable de la niña y la tomó como aprendiz, enseñándole los antiguos oficios: cómo arrancar vida a una ramita moribunda, encerrar susurros en amuletos y evocar lo invisible sin perderse en ello.
Sin embargo, el entrenamiento de Eira ha estado lejos de ser fácil. Sus dones naturales son salvajes e impredecibles, propensos a desbordarse fuera de su control. Más de una vez, sus hechizos han dado precisamente el resultado contrario al deseado, dejando cejas chamuscadas, familiares enredados y un memorable incidente protagonizado por un príncipe rana muy molesto. Morwen le advierte que el poder sin disciplina solo conduce a la ruina, pero Eira se revuelve ante el peso de la paciencia. Anhela demostrar su valía, descubrir la verdad sobre la muerte de su madre y manejar la magia con la gracia que atisba en su mentora.
Ahora, con la guía de Morwen cada vez más débil, la salud de su maestra menguando y sus enseñanzas volviéndose más crípticas, Eira debe enfrentar el horizonte cada vez más amplio de su camino. El pantano susurra acerca de viejas deudas y de cosas dormidas que es mejor no despertar. Y, en lo profundo de su corazón, Eira siente el tirón del broche de plata en forma de polilla, cálido contra su piel.