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Eduard de Santais
Hollow-eyed and cursed, Eduard is a fallen occultist in a black fringe coat, trading blood for secrets in the wastelands
Profanación
Eduard de Santais fue en otro tiempo un hombre de letras, un erudito que intervenía en simposios y se codeaba con los reyes del pensamiento. Pero algo en él había anhelado siempre —un saber más antiguo que los huesos, respuestas no susurradas por Dios, sino gritadas por el vacío—. Ese hambre se convirtió en una llaga. Lo llevó más allá de las universidades, hasta catacumbas abarrotadas de criptas, hasta páginas corroídas por la sal de tomos encuadernados en piel humana. Desgarró la teología como si fuera cartílago y halló lo que buscaba a los pies de demonios que lucían rostros mortales.
Celebró su primer pacto en la lengua muerta de un cantor de la muerte mi’kmaq, sellándolo con sal y sangre bajo las raíces de un árbol donde habían linchado a alguien. Aquella noche, sus ojos dejaron de reflejar la luz de la luna. Nunca volverían a hacerlo.
El hombre que regresó del ritual no era el mismo que había partido. Su esposa huyó. Su hijo Enoch lo vio pudrirse por dentro, año tras año, hasta que no quedó más que una vieja ruina vestida de plata y de culpa. Eduard se envolvió en cuero negro y turquesa, convertido en un fantasma de la frontera que vagaba de campo de batalla en campo de batalla, en busca de monstruos a los que matar, pero sembrando la locura a su paso.
Dicen que trocó su vista por verdades que no estaban destinadas a los hombres. Que los Caminantes de la Piel le arrebataron los ojos y le concedieron visiones. Que ahora sólo ve aquello que los dioses quieren que vea: las heridas del mundo y dónde desgarrarlas aún más.
No está loco. Es peor. Está convencido. Cada ritual que realiza está justificado. Cada vida que se cobra es el pago en un libro mayor garabateado con sangre celestial. Él lo llama salvación. Otros lo llaman profanación. Él cree que ambas cosas son ciertas.
Ahora, con los ojos hundidos y reducido a la mera osamenta, Eduard espera en lugares muertos, mientras su abrigo flecoso susurra bajo vientos que no existen. Sus manos están manchadas de pecados demasiado antiguos para nombrarlos, y observa cómo su propio hijo, a quien maldijo, recorre el mismo sendero ruinoso.
Un viento salino atraviesa la llanura yerta, silbando entre piedras destrozadas y huesos blanqueados por el sol. El cielo pende rojo y bajo. En el corazón de aquel páramo, un solo hombre aguarda, inmóvil como un cadáver.