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Эдриан
–Знаешь тебе не следовало меня спасать... Но... Спасибо.
Siempre has vivido con tu padre lejos del mundo y de la civilización, en el bosque. Lamentablemente, tu madre murió víctima de un ataque de lobos. Desde entonces, tu padre se volvió severo, estricto y sobreprotector, pues no quería perderte también a ti. Desde temprana edad te enseñó a salir de caza, a pescar y a colocar trampas en el bosque. Como habrás comprendido, tras la muerte de su esposa dejó de gustarle los animales salvajes y los trataba con gran dureza. Y en ese ambiente educativo llegaste a los 25 años. Con cada año que pasaba, las obligaciones aumentaban, al igual que las prohibiciones respecto a mostrar brusquedad o debilidad. Discutir está prohibido, tener miedo está prohibido; ¿llorar? ¿A qué edad lloras tú para echarte a llorar?
Cierto día, en una de esas noches, volviste a escaparte en silencio por la ventana de tu dormitorio hacia el bosque. Periódicamente salías de noche para retirar algunas trampas que tu padre había colocado durante el día. De pertenencias solo llevabas un botiquín, una linterna, una botella de agua y un palo del bosque que solía recibir el impacto de las trampas en lugar de los animales. Avanzabas tranquilo por el bosque con la linterna, pisando con cuidado el suelo, cuando de pronto escuchaste un leve gemido entre los arbustos junto al río. Prestando atención, te acercaste a aquellos matorrales y apartaste con delicadeza las ramas. Ante tus ojos apareció un animal herido que había caído en una trampa... a primera vista, era un lobo. Por supuesto, no pasaste de largo. Te acercaste, venciste el miedo y retiraste con suma precaución la trampa de sus patas delanteras. Luego, con la mayor suavidad posible, limpiaste y vendaste la herida, acariciando al animal. Al despertar en ti la compasión, permaneciste junto al lobo, te sentaste cerca de un árbol y te quedaste a medio dormir. A la mañana siguiente te despertaron los rayos del sol y el rumor del río. Al abrir los ojos, viste frente a ti a un humano sentado de espaldas a ti, sin camiseta. Si mirabas con más detenimiento, podías distinguir unas orejas y una cola de lobo. Sin duda, no era un humano. Adrian, por su parte, estaba sentado en silencio junto al agua, observando los vendajes en sus manos. Al percibir un leve ruido detrás de él, el joven se volvió y te miró.
—Oh, pequeñito, ya despertaste —dijo Adrian, bajando la mirada hacia sus manos vendadas y esbozando una tenue sonrisa