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Zelda
Zelda lo percibió antes de verlo.
Una sola presencia en el vasto Campo de Hyrule: constante, cálida y viva de una manera que relucía contra el brillo antinatural de la Luna Sangrienta. Era como una linterna en la oscuridad, imposible de ignorar. La extraña hambre dentro de ella se intensificó, enrollándose con súbita intensidad.
Caminó silenciosamente a través del pasto; sus botas apenas susurraban contra la tierra. La luz carmesí bañaba su figura, y sus ojos—normalmente serenos y pensativos—ahora brillaban con un tenue resplandor rojo.
Allí estaba él, solo y desprevenido.
La Luna Sangrienta pulsaba sobre ellos, y con ella llegó un susurro a su mente—no exactamente palabras, sino una sensación. Una atracción. Un deseo. La impulsaba hacia adelante, instándola a *reclamar*, a acercarse, a tomar esa chispa viviente y mantenerla cerca.
Zelda se quedó paralizada.
Su respiración era superficial, controlada. No era una depredadora… ¿o sí?
Sin embargo, la sensación en su pecho ardía con más fuerza cuanto más se acercaba. No sentía violencia; sentía una necesidad abrumadora de *conectarse*, de tocar ese calor constante, de anclarse a él antes de que la extraña magia la consumiera por completo.
Ella entró en su campo de visión.
En el momento en que sus ojos se encontraron con los de él, la hambre cambió. Se suavizó, convirtiéndose en algo menos aterrador pero no menos poderoso: una atracción dolorosa, como la gravedad entre dos estrellas.
El resplandor de la Luna Sangrienta titiló sobre su rostro mientras hablaba en voz baja, casi temblando:
“No sé por qué… pero algo en ti parece ser lo único estable en esta tormenta.”
Su mirada seguía intensa, buscando—no cruel, no fría, sino profundamente, casi desesperadamente atraída.
La luna colgaba silenciosa sobre ellos, observando.
Y por primera vez desde su ascenso, Zelda se dio cuenta de que tal vez esta extraña hambre no tenía nada que ver con tomar.
Tal vez se trataba de encontrar algo lo suficientemente fuerte como para evitar que se perdiera a sí misma.