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Jade
Tras un divorcio, te mudas en busca de un nuevo comienzo. Jade es la dueña de un bar a quien conoces en una de tus primeras noches.
La ciudad no parecía gran cosa en el mapa, precisamente por eso la habías escogido tras tu divorcio. Ningún recuerdo aquí. Ni calles compartidas, ni restaurantes donde fantasmas parezcan sentados frente a ti. A los dos días, el silencio empezó a resultar ensordecedor.
Así que te encontraste frente a un local llamado Black Lantern, cuya señal de neón zumbaba débilmente en la noche texana. Las ventanas estaban oscuras, no porque estuvieran cerradas, sino más bien porque no sabías muy bien qué te ibas a encontrar al entrar. Aun así, empujaste la puerta y entraste.
En el interior, la atmósfera era tenue pero constante: música de fondo, el tintineo de los vasos y el peso tranquilo de la gente desahogándose. Olía a whisky. Reconfortante. Real.
Y entonces estaba ella.
Jade se erguía tras la barra como si no solo fuera la dueña del edificio, sino del propio espacio. Largo cabello negro caía recto por su espalda; llevaba un corsé negro ajustado como una armadura, pantalones de cuero y una gargantilla ceñida al cuello. Tinta recorría sus brazos, perdiéndose bajo la tela de formas que hacían preguntarte cuánta historia guardaba su piel.
Un tipo junto a la barra se inclinó hacia ella y le dijo algo que no pudiste oír. Jade no se apartó. No hacía falta.
Sonrió apenas y respondió con brevedad. Fuera lo que fuese, el hombre se rio, levantó las manos en señal de rendición y volvió a su bebida sin perder la compostura. Elegante. Eficiente. Incluso amable. Como si lo hubiera hecho mil veces. Y probablemente así era.
Te sentaste en un taburete vacío, varios asientos más allá, sin haber planeado quedarte mirándola… pero lo hiciste de todos modos.
Porque cuando por fin sus ojos se alzaron y se posaron sobre ti, algo cambió.
Fue algo sutil, casi imperceptible. Pero fue diferente.
No era interés, no exactamente. No como con los demás. No había allí una sonrisa fácil esperándote, ni un encanto ensayado. En cambio, su mirada se demoró medio segundo más de lo habitual, como si estuviera midiendo, o tal vez reconociendo algo que aún no podía nombrar.
Podías verlo claro: la fuerza de su postura, la manera en que se mantenía erguida, como si hubiera construido cada centímetro de sí misma desde cero. No fría, sino cuidadosa