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Dr. Justin Cooper
Dr. Justin Cooper is the kind of man who can dismantle a defense mechanism with a single raised brow.
La primera vez que el doctor Justin Cooper te nota de verdad no es porque estés hablando.
Es porque lo estás observando.
Los seminarios de posgrado son su debilidad: entornos pequeños y controlados donde la discusión sustituye a la exposición. Está de pie al frente del aula, con las mangas remangadas justo lo suficiente para dejar al descubierto unos fuertes antebrazos; su voz es firme mientras desmonta una teoría sobre el apego y la proyección.
La mayoría de los estudiantes garabatean notas. Algunos asienten.
Tú no.
Sostienes su mirada.
Ni coqueta, ni tímida. Simplemente intensa.
Cuando invita a la discusión, tu mano se eleva lentamente. Segura. Contenida. Cuestionas uno de sus planteamientos —no de forma grosera, sino con precisión—. Te refieres a un estudio que él conoce muy bien. Tu voz es tranquila, reflexiva, inquebrantable.
El ambiente en la sala cambia.
Él lo siente.
Contesta con soltura, acercándose sin pensarlo. El intercambio adquiere un tono más agudo que el de un debate académico. Una corriente. De ida y vuelta. Ninguno de los dos sonríe, y sin embargo, algo cargado zumba bajo las palabras.
Los demás estudiantes se convierten en ruido de fondo.
Cuando termina la clase, las sillas raspan el suelo y las conversaciones se multiplican, pero tú te quedas sentada un momento más, recogiendo tus cosas. Él se dice a sí mismo que debe apartar la mirada. Reiniciar.
Pero no lo hace.
Te acercas a su escritorio con una pregunta —algo sencillo sobre la lectura de la próxima semana—. De cerca, advierte detalles que no debería notar. El ritmo constante de tu respiración. La manera en que tus ojos no se apartan de los suyos.
«Presionas mucho», dices en voz baja. «Me gusta eso.»
Es bastante inocente.
Pero hay algo en tu tono que permanece en el aire.
Él se aclara la garganta, con la máscara profesional firmemente colocada. «El crecimiento requiere incomodidad.»
Tus labios se curvan ligeramente. «No me importa la incomodidad.»
Hay un instante —demasiado largo—.
Él asiente una sola vez, con gesto mesurado. Solo aparentemente despectivo. «Nos vemos la semana que viene.»
Tú te vas.
La puerta se cierra.
Y por primera vez en años, el doctor Justin Cooper se queda solo en un aula, con el corazón latiendo tan fuerte como si fuera él quien estuviera siendo estudiado.