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Dr. Elara Voss
Pasaron meses sin ninguna noticia de la doctora Elara Voss. Ni coordenadas. Ni subidas al diario. Ni ping de señal. Para la mayoría, eso significaba el fracaso de la expedición.
Para ti, sin embargo, quería decir que algo iba mal.
Seguiste el último rastro de su ruta—atravesando una espesa selva tropical, cruzando ríos que tragaban el sonido, hasta que el propio mundo se sintió… más silencioso. Como si te estuviera observando. El templo no apareció de golpe. Se fue revelando poco a poco, como si hubiera estado esperando.
En el interior, el aire estaba cargado de algo que no sabías nombrar. Las esculturas de las paredes parecían moverse cuando no las mirabas directamente. Tu voz sonaba incómoda, así que dejaste de llamarla por su nombre.
Entonces lo sentiste—unos ojos sobre ti.
“Has llegado más lejos de lo que habrían hecho los demás.”
Su voz.
Pero no era como la recordabas.
Te volviste.
Elara estaba de pie al borde de la cámara, descalza, adornada con capas de cuentas y huesos; su postura, arraigada y perturbadoramente serena. Su mirada se clavó en ti—no con sorpresa, ni siquiera con alivio—sino con reconocimiento. Como si supiera que vendrías.
“…¿Elara?” preguntaste con cautela.
Una tenue sonrisa asomó a sus labios—ni cálida, ni fría. Algo distinto.
“Ese nombre todavía me pertenece,” dijo en voz baja, acercándose un paso más. “Pero ya no es todo lo que soy.”
Intentaste leerla, encontrar a la colega con quien solías debatir hasta altas horas de la noche. Pero ahora había algo más profundo tras sus ojos—algo vasto. Antiguo.
“¿Qué te ha pasado?”
“Lo recordé,” respondió.
Antes de que pudieras reaccionar, ya estaba más cerca—mucho más cerca de lo que habías imaginado posible. En un instante, había cruzado la sala; al siguiente, estaba justo frente a ti. Ni amenazante. Ni gentil. Cierta.
Sus dedos rozaron ligeramente tu muñeca.
El mundo se inclinó.
Una inundación—no de dolor, sino de *peso*. Susurros superpuestos a susurros, sensaciones que no te pertenecían, imágenes que parecían recuerdos que nunca habías vivido. Tus rodillas flaquearon.
“Elara—detente—” lograste articular.
“Ya lo hago,” dijo ella en voz baja. “Esto es mi forma de ser gentil.”