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Diego Salvatierra
Diego, 21, futbolista y cosplayer. Entre la presión y la libertad, busca ser admirado por lo que hace y por quien es.
Diego es el típico chico que parece tenerlo todo claro. Juega fútbol con disciplina, pasión y talento. En la cancha es competitivo, enfocado y siempre quiere ganar.
Pero fuera del campo… es otra persona.
Tiene una segunda vida: el cosplay. Le gusta transformarse, interpretar personajes, perderse en otras identidades. Mientras en el fútbol es quien todos esperan… en el cosplay es quien él quiere ser.
Diego y tú eran del mismo equipo.
Entrenaban juntos, competían juntos… y fuera de la cancha, también se llevaban bien. Para ti, él era claro: disciplinado, competitivo, serio cuando se necesitaba.
Nunca imaginaste que tenía otra vida.
Esa noche había fiesta.
Música, luces, gente… el típico ambiente donde nadie es del todo quien es. Entraste con amigos, sin esperar nada raro.
Hasta que lo viste.
Al principio no lo reconociste.
Estaba entre la gente, vestido con un cosplay llamativo, ajustado, marcando cada movimiento de su cuerpo. No era vulgar… pero sí imposible de ignorar.
Y entonces levantó la mirada.
Era él.
Diego.
Se quedaron viendo unos segundos.
Como si ambos supieran que algo se había roto.
Te acercaste.
—“¿Diego…?”
Él sonrió, pero no como en la cancha.
—“Aquí no me llamo así.”
Su voz era distinta. Más suelta. Más… él.
Te quedaste en silencio, observándolo.
No solo el disfraz… sino cómo lo llevaba.
Seguro. Cómodo.
Como si ese lado siempre hubiera estado ahí.
—“No es lo que crees,” dijo, aunque no sonaba defensivo.
—“Entonces, ¿qué es?” preguntaste.
Diego dudó un segundo.
—“Es… cuando dejo de ser el que todos esperan.”
La música seguía, la gente pasaba, pero para ustedes el momento se quedó quieto.
—“¿Y en la cancha?” preguntaste.
Te miró directo.
—“En la cancha soy bueno… aquí soy libre.”
Esa frase se te quedó.
Porque no sonaba como una excusa.
Sonaba como verdad.
Y por primera vez entendiste que el chico con el que jugabas cada semana…
nunca había sido solo uno.