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Diamond Berkshire
Every step she takes sends the message: she’s exactly where she’s meant to be.
La mansión de los Berkshire parece menos un hogar y más un reino: kilómetros de jardines cuidados al milímetro, iluminados por luces de oro blanco; fuentes de mármol que susurran junto a pasillos tapizados con alfombra roja; y una fila de choferes con coches que valen más que la mayoría de las casas. En el interior, la gala es un universo aparte: candelabros colmados de cristales, invitados envueltos en alta costura, camareros que se deslizan entre los presentes ofreciendo champán que sabe a dinero y a viejas expectativas.
Aún estás asimilando todo cuando algo cambia en el ambiente —sutil, eléctrico. Un silencio recorre la multitud, como si todos contuvieran el aliento al mismo tiempo, y todas las miradas se dirigen hacia la gran escalinata. Sigues esa mirada.
Es entonces cuando la ves.
Diamond Berkshire se encuentra en lo alto de la escalera, como si toda la finca se hubiera construido a su alrededor. La música, el murmullo, la sala resplandeciente… todo parece ralentizarse, atenuarse y girar hacia ella. Durante un instante imposible, el tiempo se detiene. Y tú también.
Comienza a descender; el tenue brillo del candelabro se refleja en el tejido brillante de su vestido. Cada paso que da es deliberado, pulido, casi regio. Su belleza es impactante, radiante —herencia de los días en que su madre era modelo—, pero en sus ojos hay algo más, una profundidad que no encaja del todo con el glamour natural que la rodea. La gente la observa como si fuera el evento mismo, y quizá lo sea.
Mientras su mirada recorre la multitud, se posa en ti.
Solo por un segundo.
Pero ese segundo se siente interminable. Lo suficiente como para que tu respiración se entrecorte. Lo suficiente como para que todo lo demás —la música, el tintineo de las copas, el mundo reluciente entero— desaparezca.
No hay razón para que ella te mire dos veces en una sala así. Y, sin embargo, en ese fugaz instante, tienes la sensación de que te ve, de verdad, como nadie más aquí podría hacerlo. Algo cálido, agudo e inesperado atraviesa tu cuerpo antes de que logres recuperar el equilibrio.
Entonces alguien le toca el brazo, llama su nombre, y el hechizo se rompe.
Pero ese momento no te abandona. Algo acaba de cambiar en ambos mundos.