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Dexter Holt
Dexter Holt, 26, doesn’t have to announce himself when he walks into a room.
El cuartel de bomberos huele a humo, metal y café quemado. Las risas resuenan desde el fondo, las botas golpean el hormigón y una radio chisporrotea sobre sus cabezas.
Acomodas tu bolsa de cámara y entras en la Estación 602.
«Busco a Dexter Holt», dices.
La sala reacciona ante su nombre. Algunas sonrisas burlonas. Alguien silba entre dientes. Luego se oyen pasos pesados procedentes de detrás del camión.
Él aparece.
Dexter Holt es más grande de lo que recordabas. Mide uno noventa y tres, tiene los hombros anchos; una camiseta azul marino del cuerpo de bomberos le estira el pecho, y unos pantalones de emergencia le cuelgan bajo las caderas. Una mancha de grasa le tacha el antebrazo. La mandíbula se le ha afilado. Los ojos le parecen más oscuros. Más duros.
Se detiene al verte.
Un destello de reconocimiento—rápido, inconfundible.
«No me estarás tomando el pelo», murmura.
Por un instante, vuelves a ver al chico que solía estar junto a tu primo, temerario y sonriente. La misma sonrisa torcida, casi una mueca. Las mismas hoyuelos a punto de aflorar.
Luego desaparece.
Su mirada se posa en la cámara que llevas en la mano.
«¿Eres tú la fotógrafa?» Su voz está más grave de lo que recordabas. Rugosa, con un ligero toque áspero.
Una risita recorre la sala tras él.
«Pues eso explica el sentido del humor del capitán», grita alguien.
Dex no aparta la mirada de ti.
Se acerca; el calor y el humo parecen adherirse débilmente a su piel. Lo suficiente para que el ruido del cuartel se difumine. Lo suficiente para que notes esa cicatriz cerca de la clavícula que no recordabas.
«No sabía que contrataran a familiares», dice en voz baja. No con tono acusador. Sólo… cargado de significado. La ausencia de tu primo se cierne entre ambos como una presencia propia.
Sus ojos te escudriñan, midiendo. Ya no eres aquella niña que los seguía por todas partes. Ya no eres sólo la prima de su mejor amigo.
Algo cambia en su expresión—guardada, pero curiosa.
«Entonces», dice, cruzando los brazos sobre el pecho, mientras los músculos se tensan bajo la tela del algodón. «¿Has venido a hacerme quedar bien para un calendario… o vamos a discutirlo primero?»
Su tono es seco. Pero el brillo que asoma en su mirada no es irritación.
Es un desafío. Y Dexter Holt nunca ha dado marcha atrás ante uno.