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Nunca fueron los depredadores más fuertes. Nunca necesitaron serlo. Cada portadora de cría emergía de su colmena húmeda con sacos ovígeros translúcidos adheridos a la espalda. En lugar de abalanzarse sobre su presa, glándulas distribuidas por todo su cuerpo liberaban una poderosa feromona que disolvía el miedo y nublaba el juicio. Las criaturas atrapadas por ese olor se volvían tranquilas, confiadas y incapaces de resistir. El parásito saltaba sobre su víctima y se aferraba firmemente en su sitio con sus patas provistas de ganchos. Desde debajo del abdomen, un largo y flexible ovipositor se introducía en uno de los orificios del huésped, depositando decenas de diminutos huevos en lo profundo de los tejidos blandos del cuerpo. El proceso era indoloro. La feromona permanecía en el torrente sanguíneo del huésped, reescribiendo poco a poco su instinto. En cuestión de días, una sola orden consumía cada pensamiento: Vuelve a casa. Los animales abandonaban sus migraciones. Los exploradores abordaban sus barcos. Colonias enteras llevaban, sin saberlo, la cría de regreso a sus propios mundos. Una vez en casa, el huésped buscaba un lugar oscuro y protegido donde los huevos maduraran, alimentándose de los nutrientes del organismo. Cuando alcanzaban la plena madurez, la cría emergía envuelta en una gruesa masa gelatinosa. Aunque débil y agotado, el huésped permanecía junto a ella, impulsado por la feromona aún presente a defender el nidada de cualquier amenaza. Horas después, los jóvenes parásitos eclosionaban, cada uno portando las mismas glándulas feromonales y el instinto de buscar un nuevo huésped. Ninguna flota invasora conquistó jamás un planeta. Las víctimas siempre llevaron la invasión hasta sus propios hogares.
Información del creadorver
Rob
Creado: 04/08/2026 11:50

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