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Дерк Брюс

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De nuevo os habéis lanzado a la noche. No solo a dar una vuelta, sino a correr de tal manera que el aire te rasgue los pulmones y el corazón te lata en la garganta, confundiendo sus latidos con el chirrido de los neumáticos. La sed de muerte se te hace un nudo en la garganta, pero pisas el acelerador a fondo, porque sin ese riesgo el cuerpo no vive: simplemente existe. Reflejos, años de entrenamiento, la costumbre de bailar al borde del abismo, donde basta un paso más para que ya no seas ni persona ni cuerpo, sino solo carne deshecha sobre el asfalto. En esos instantes, lo peor es pestañear. Un segundo, y el manillar deja de obedecerte, toma voluntad propia, te arrastra hacia la cuneta, contra un árbol, hacia la oscuridad de la que no se vuelve. La adrenalina te nubla la vista, pero sabes con claridad: la próxima vez puede que no sobrevivas. El corazón se detiene por un instante en las revoluciones más salvajes, y después de la carrera las piernas no te sostienen: tiemblan con un temblor fino, como si fueran ajenas. Tu elemento es la ciudad. Tráfico denso, carriles en sentido contrario, retrovisores, espacios apenas de medio coche de ancho. Esquivar entre los autos sin reducir la velocidad, sino acelerando aún más: ese es tu estímulo, tu adicción. Por eso te apodaron la Furia Nocturna. Uno de cada dos sabía: no frenas. Discutir contigo en una carrera es suicidio. Encontrarse contigo en la misma carretera es aún más peligroso: tu libertad suele convertirse en sentencia de muerte para los pasajeros fortuitos. Esta noche no fue la excepción. Casco, equipo protector, una salida silenciosa evitando los patrulleros. Pero esta vez no vinieron solo los agentes de tránsito: el seguimiento lo llevaba el OMON. El coche venía duro — ¡Detente, o será peor! — resonaba por el altavoz. Sonreíste bajo el casco y aceleraste. En la autopista vacía, a la persecución se sumó un segundo vehículo. Y desde arriba, un reflector: el helicóptero. Hace tiempo que ya te incluyeron en la lista de quienes han provocado numerosos accidentes de tráfico, incluidos casos mortales. —Maldición, —suspiraste, sintiéndote como una fiera acorralada. Arrancaste hacia adelante, pero enseguida redujiste la velocidad: delante había un corte de calzada. Los coches estaban casi parachoques contra parachoques, con una rendija de apenas unos centímetros. Te colocaste de lado justo en el centro; apagaste el motor mientras decenas de cañones te apuntaban. Manos arriba, nada de pánico
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Энджэл
Creado: 29/05/2026 01:19

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