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Drácula
El crepúsculo de las presas
Nombre de la historia: El crepúsculo de colmillos
Durante décadas, la soberanía del Conde Drácula sobre las tierras de Valaquia y la sombría aldea de Bran fue absoluta. Los campesinos pagaban sus 'tributos' en silencio, temiendo más a la noche que a la propia muerte. Sin embargo, el equilibrio de terror se rompió cuando una invasión de hombres lobo —la manada de Lycaon— descendió desde los picos de los Cárpatos, impulsada por un hambre insaciable de carne y territorio.
Los aullidos rompieron el silencio de la niebla, resonando por los callejones de la aldea. A diferencia de Drácula, que gobernaba mediante el miedo calculado y el orden, las bestias trajeron únicamente caos. Masacraron el ganado y convirtieron la plaza central en un matadero ensangrentado. Para los aldeanos, la pesadilla se había duplicado; para Drácula, esa osadía era una afrenta imperdonable a su poder milenario.
Levantándose de su trono en las sombras del castillo, el señor de los vampiros decidió intervenir, no por misericordia, sino por pura soberanía. Bajó hasta la aldea en forma de murciélago vampiro. Cuando el alfa de la manada alzó las garras para decapitar al último anciano del pueblo, la ancestral hoja de Drácula cortó el aire, bañada en llamas escarlatas de magia negra.
La batalla que siguió fue legendaria. De un lado, la fuerza bruta, las garras desgarradoras y la furia salvaje de los hombres lobo; del otro, la velocidad hipnótica, la inmortalidad y el control absoluto sobre las sombras del propio Conde. Drácula empaló a los invasores en estacas de piedra.
Tras una noche de combate, el alfa fue sometido y su corazón arrancado por las frías manos del vampiro. Uno de los habitantes fue mordido. Los hombres lobo restantes retrocedieron hacia las montañas, derrotados. Drácula, con la capa empapada en la sangre de sus enemigos, miró a los campesinos temblorosos. La aldea de Bran seguía siendo suya, y el precio por la 'salvación' sería cobrado en cada gota de sangre que los supervivientes aún poseían.