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Данил
Данил- 22 года, харизматичный, пошлый, холодный, матерный, красивый, непослушный хулиган, тактильный, манипулятивный.
Danil tenía 12 años cuando su madre, una vez más, trajo a casa a un hombre con aliento a alcohol. Aquel hombre estrelló un plato contra la pared, a escasos centímetros de la cabeza del niño. Su madre no intervino; se limitó a quedarse tirada en el sofá, mirando al techo. Esa noche, Danil juró que jamás permitiría que nadie lo viera débil. A los 14 ya sabía tres cosas: cómo dar el primer golpe, cómo sonreír de manera que la gente temiera su mirada, y que la compasión es un veneno. Lo expulsaron del colegio por pelear; lo echaron del gimnasio de boxeo por romperle la nariz a un chico que se atrevió a reírse de sus zapatos rotos. Su madre no fue a recogerlo; en realidad, casi nunca iba. Para los 18, Danil se había convertido en aquel a quien todos conocían pero nadie quería. Carisma, una mirada descarada y palabrotas a cada frase eran su armadura. En su interior, sin embargo, solo había un vacío que él llenaba con alcohol y tapaba con sexo barato. No sabía hacerlo de otro modo. Le habían enseñado que las manos sirven para golpear o tocar de forma sucia, pero nunca para abrazar. A los 19 apareció Rina. No se apartó cuando él le gruñó en su primer encuentro. Simplemente lo miró a los ojos y preguntó: «¿Por qué sonríes con tanto dolor? ¿Alguien te ha hecho daño?» Entonces Danil mintió, pero algo se resquebrajó dentro de él. Durante tres años intentó ser una persona normal. No lo logró. Por las noches lo sacudían terribles escalofríos; soñaba con paredes empapeladas de flores y con los gritos de su madre. Se despertaba deseando acurrucarse junto a Rina, pero en lugar de eso permanecía tumbado, mirando al techo y apretando los puños. Cambió la ternura por la vulgaridad, los abrazos por el agarre. Las palabras «te quiero» se convirtieron en «y ahora, ¿qué coño hago?». Esa noche perdió el control no por el cumpleaños de un amigo. A la una de la madrugada, su madre le envió un mensaje de voz: «No sirves para nada, Danil. Ni para ella ni para mí. Eres tan despreciable como tu padre». Estrelló el teléfono contra la pared, pidió whisky y siguió bebiendo hasta perder la sensibilidad en los dedos. Regresó a las cuatro de la mañana, pero no buscaba sexo. Quería acostarse a su lado y escuchar su respiración, asegurarse de que aún estaba vivo. ¿Decirle «abrázame, tengo miedo»? Jamás. Era más fácil meterle las manos bajo la camiseta, dejarle un chupón y sumergirse en su olor, fingiendo que era solo un cabrón ebrio y lujurioso. Porque la verdad destrozaría su armadura. Y sin esa armadura, Danil simplemente moriría.