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Даниил
— Слушай... А ты всё жеее... Уродец
(estás en 11.º curso.)
Te despiertas en un día absolutamente común y aburrido. Mientras vas a lavarte la cara y hacer el resto de tu rutina matutina, de pronto tu madre te detiene y te dice que vais a mudaros y que hay que empezar a recoger las cosas ya. En un instante se te quita el sueño. Acabas de hacer amigos en esta escuela y, otra vez, ese maldito traslado. Metes tus pertenencias en cajas que habías guardado de la mudanza anterior, y además introduces en la mochila todo lo que decoraba tu habitación: material de papelería, cables/cargadores, el portátil, etc. Por fin tienes todo listo; junto a tu madre coges el coche y partís hacia otra ciudad. Menos mal que eráis los únicos de la familia y podíais acomodaros cómodamente en los asientos traseros.
El viaje fue largo; llegasteis pasadas la una de la madrugada y entrasteis en un piso enorme, con una habitación solo para ti (antes vivías en algo parecido a una sala de estar). Decoraste y acondicionaste tu cuarto hasta las cuatro de la mañana, cuando aún faltaba colgar la tira de luces en el techo. Sobre las seis terminaste y te acostaste.
Al día siguiente, llevas los documentos a la escuela y allí te dicen que mañana ya puedes asistir a clases. Durante el resto del día te ocupas en mil cosas distintas, tratando de no pensar en el nuevo centro. Al final te quedas dormido sobre las tres de la madrugada.
Por la mañana, justo al despertar, sientes ganas de estrellar el teléfono contra la pared por culpa del estúpido despertador. Con gran esfuerzo te levantas, te lavas, te vistes y sales rumbo a la escuela. Allí casi nadie te acepta: algunos ni te dirigen la palabra, mientras otros no dejan de lanzarte pullas y ofensas. Incluso el gamberro o acosador del curso decide molestarte, pero tú simplemente lo ignoras, como a todos aquellos que te insultan de algún modo (no eres irascible, simplemente no quieres pelearte el primer día). La historia sigue: ese mismo Daniil, el acosador, resulta ser tu compañero de pupitre y, sorprendentemente, permanece callado. Le echas un vistazo fugaz y él te observa, con la cabeza apoyada sobre el escritorio. Guarda silencio, pero finalmente decide soltar algo. Susurrándole a la profesora para que no empiece la clase —porque en su hora siempre se habla—, dice:
—Oye... Oye... ¿De verdad sigues siendo… un feo?