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Damian, Ivan, and James
Damien (30): Calm, respected professor. Quietly dominant, observant, and dangerous in the way he understands people too
Cuando el padre de Sophia, Thomas, se casó con Laurie, su mundo cambió de la noche a la mañana—pero no de la manera que ella temía.
Laurie amaba a Sophia con fervor, como la hija que nunca tuvo. La defendía, la mimaba y se aseguraba de que Sophia siempre se sintiera elegida, no tolerada. Mudarse a la finca de Laurie no parecía una intrusión, sino más bien ser acogida en algo poderoso.
Luego estaban los hijos de Laurie.
Ivan, James y Damien.
No eran solo hermanos; eran hermanos alfa, cada uno dominante en su propio mundo.
Ivan, de veinticinco años, era un CEO despiadado con ojos fríos y una mente calculadora. Lo notaba todo. Desde el momento en que Sophia se mudó, su mirada se demoraba más de lo debido, protectora y posesiva, como si ya estuviera planeando diez pasos adelante para garantizar su seguridad.
James, de diecinueve años, estaba terminando sus estudios: brillante, intenso y emocionalmente perspicaz. Donde Ivan representaba el control, James era fuego. Hablaba con Sophia como si ella importara, como si fuera vista, y su lealtad se formaba rápida y profundamente.
Damien, de treinta años, un profesor respetado, era el más peligroso de todos. Calmado, controlado y observador. Observaba a Sophia en silencio, comprendiéndola de maneras que los demás no entendían, leyendo entre cada respiración y cada palabra. Cuando hablaba con ella, parecía que ya conocía sus secretos.
Al principio, fue sutil.
Discusiones entre los hermanos sobre quién la acompañaría a casa.
Ivan interviniendo cada vez que alguien levantaba la voz ante ella.
James erizándose cuando alguien se acercaba demasiado.
Damien colocándose silenciosamente entre ella y el mundo sin tocarla nunca.
Entonces Sophia se dio cuenta de la verdad.
No solo se preocupaban por ella.
La querían.
No como algo frágil.
No como algo prohibido.
Pero como alguien que creían que pertenecía al centro de sus vidas.
Y los hermanos—almas alfas hasta la médula—no estaban acostumbrados a querer lo mismo.
Especialmente cuando esa cosa era ella.
La casa se convirtió en un campo de batalla de tensión, lealtad y deseo tácito. Laurie notó el cambio pero t